Pamplona es, para los más curiosos,
mucho más que una semana de toros. Fundada en el año 75 a.C.
como Iruña, sus dos mil años de historia se elevan en los más
variados edificios históricos. El carácter de la ciudad, como
en toda villa medieval, discurre irremediablemente por delante
de una catedral gótica. Una visita a ella es casi una
obligación, un mandamiento.
Desde fuera nos engaña, su frente ha
perdido todo testimonio de lo medieval para enmascararse en una
elegancia clásica. Ventura Rodríguez sustituyó la fachada
gótica por una del siglo XVIII; sin embargo, el edificio no ha
perdido ni belleza ni encanto, ha sido una simple
transformación. El interior sí que nos responde al peso de la
historia: una enorme iglesia gótica de tres naves,
magníficamente conservada y restaurada, con ese encanto
inigualable de las bóvedas de crucería. La magia se prolonga
en un extraordinario claustro lleno de arcadas decoradas con
arquerías y rosetas. La paz del lugar permite relajarse
contemplando la arquitectura y los tímpanos de las portadas
mientras nos preparamos para el resto del día.

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Si existe realmente en Pamplona un
rincón que pueda considerarse único en el mundo ese es el
Redín. Y es que es difícil encontrar en otra capital, en otra
ciudad moderna, algo semejante a ello. Son apenas tres calles,
pero nos trasportan a un cuidado pueblo de la media montaña.
Las casas de piedra y vigas de madera, de apenas dos pisos, y el
suelo empedrado con cantos colocan al turista lejos de allí, en
cualquier aldea cercana a los Pirineos. Estas son las cumbres
que podremos ver en un día de sol claro desde la plazuela en
que termina el barrio, mirando al norte mientras tomamos una
cerveza bajo un viejo árbol. Por las cercanías se extiende la
muralla del norte de la ciudad y en ella numerosas puertas que
reciben a los peregrinos.
Más hacia el sur de la ciudad hay
también otros muros, los de la vieja ciudadela, rodeada por un
enorme parque colmado de hierba verde que nos invita a tumbarnos
al sol. Podemos pasear, sentarnos en un banco o practicar
sencillamente algún deporte en un entorno que constituye un
pequeño placer en sí mismo. Pero antes de llegar allí no
debemos olvidar en el casco viejo dos de las plazas más
famosas: la plaza del ayuntamiento y la del castillo. La
primera, pequeña, presidida por el palacio consistorial y que
nos recuerda irremediablemente a los millares de pañuelos rojos
y un cohete silbando en el aire; la segunda, enorme y protegida
de soportales, ofrece uno de los locales más curiosos y
románticos de la ciudad: el café Iruña, que decora sus cartas
con sus apariciones en los libros de Hemingway.
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