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Introducción
Delante de los Toros
La Vieja Ciudad
Castillos en la Tierra
El Camino Aragonés
Cruce de Caminos
Mirando a los Pirineos
Guía Práctica
 

 

Otros Reportajes

Navarra,
Marcada por la tradición
Por Eduardo Iglesias
 
 La Vieja Ciudad
 
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© Eduardo Iglesias

Pamplona es, para los más curiosos, mucho más que una semana de toros. Fundada en el año 75 a.C. como Iruña, sus dos mil años de historia se elevan en los más variados edificios históricos. El carácter de la ciudad, como en toda villa medieval, discurre irremediablemente por delante de una catedral gótica. Una visita a ella es casi una obligación, un mandamiento.

Desde fuera nos engaña, su frente ha perdido todo testimonio de lo medieval para enmascararse en una elegancia clásica. Ventura Rodríguez sustituyó la fachada gótica por una del siglo XVIII; sin embargo, el edificio no ha perdido ni belleza ni encanto, ha sido una simple transformación. El interior sí que nos responde al peso de la historia: una enorme iglesia gótica de tres naves, magníficamente conservada y restaurada, con ese encanto inigualable de las bóvedas de crucería. La magia se prolonga en un extraordinario claustro lleno de arcadas decoradas con arquerías y rosetas. La paz del lugar permite relajarse contemplando la arquitectura y los tímpanos de las portadas mientras nos preparamos para el resto del día.

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© Eduardo Iglesias

Si existe realmente en Pamplona un rincón que pueda considerarse único en el mundo ese es el Redín. Y es que es difícil encontrar en otra capital, en otra ciudad moderna, algo semejante a ello. Son apenas tres calles, pero nos trasportan a un cuidado pueblo de la media montaña. Las casas de piedra y vigas de madera, de apenas dos pisos, y el suelo empedrado con cantos colocan al turista lejos de allí, en cualquier aldea cercana a los Pirineos. Estas son las cumbres que podremos ver en un día de sol claro desde la plazuela en que termina el barrio, mirando al norte mientras tomamos una cerveza bajo un viejo árbol. Por las cercanías se extiende la muralla del norte de la ciudad y en ella numerosas puertas que reciben a los peregrinos. 

Más hacia el sur de la ciudad hay también otros muros, los de la vieja ciudadela, rodeada por un enorme parque colmado de hierba verde que nos invita a tumbarnos al sol. Podemos pasear, sentarnos en un banco o practicar sencillamente algún deporte en un entorno que constituye un pequeño placer en sí mismo. Pero antes de llegar allí no debemos olvidar en el casco viejo dos de las plazas más famosas: la plaza del ayuntamiento y la del castillo. La primera, pequeña, presidida por el palacio consistorial y que nos recuerda irremediablemente a los millares de pañuelos rojos y un cohete silbando en el aire; la segunda, enorme y protegida de soportales, ofrece uno de los locales más curiosos y románticos de la ciudad: el café Iruña, que decora sus cartas con sus apariciones en los libros de Hemingway.

Continúa


 

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