Si algo identifica mundialmente a
Navarra son los Sanfermines. El siete de julio miles de mozos,
no sólo del lugar sino también de numerosos países y
regiones, se detienen a esperar en la curva de la cuesta de
Santo Domingo. Allí hay una hornacina con una talla del patrón
de la ciudad y poco más allá descansan los toros. Durante esa
semana la capital navarra cambia por completo en un tiempo
especial enmarcado por el txupinazo y el ¡Pobre de
mí!.
Ahora, un mes después y en pleno
agosto, la ciudad tiene otro carácter. Obviamente está mucho
más vacía. La ausencia de pañuelos rojos es notable y el
tiempo de los toros es solamente testimoniado por los
escaparates de tiendas llenos de fotos tomadas durante una
semana maravillosa. Los turistas más nostálgicos se arriesgan
bajo el contundente sol para reinventar en el silencio el camino
que recorren los astados durante siete mañanas.

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Atravesando el casco viejo se repite
el recorrido fabuloso que tantos aman. Desde la cuesta de Santo
Domingo, esta vez sin vallados, se sube tras dejar a nuestra
derecha la imagen del santo patrón. El sonido de las pezuñas
de los animales es evocado por la memoria de algunos. Entramos
un poco en la calle Curia para girar a la derecha en la famosa
curva de Estafeta. Hay quienes casi resbalan como los toros. Por
la calle del mismo nombre, la más famosa del mundo taurino,
bajamos con el recuerdo de los periódicos plegados y la
elegancia y valor de algunas carreras. En la curva de
Telefónica despedimos ese recuerdo del camino, frente a la
plaza de toros de una ciudad casi fundada alrededor del coso.
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