Y “xano xano”,
siempre recordando que en Africa la palabra prisa ni existe ni
tiene intención de existir, llegamos al lugar donde el río
Okawango espira su ultimo aliento: su delta… El río Okawango
nace en Angola y desemboca en el desierto del Kalahari. Eso es
lo sorprendente, porque estamos acostumbrados a que un río
lógicamente desemboque en el mar o en otro río, pero no
tragado por un desierto. Y es en toda esa zona inundada donde se
forman fantásticas arterias de agua a través de las cuales se
puede navegar.
Llegados al camping
de Sepupa, el descanso del “camino en camión” se hizo más
que necesario pues desde aquí no teníamos la urgencia de la
partida inmediata de los últimos días. Y más aun cuando
después de la ducha descubrimos un chiringuito a orillas del
río donde no faltaba bebida fría. Desde el mismo bar se
podían ver los animales del río y hay quien dijo, después de
las últimas cervezas, que vio un cocodrilo casi a las puertas
del mismo bar.
Tras esta rápida
pero merecida recuperación reanudábamos camino, pero en esta
ocasión sin el camión. Montados en tres lanchas rápidas con
todo lo necesario para acampar dos días, nos dirigimos hacia el
Delta del río Okawango parando de vez en cuando para observar
algún que otro cocodrilo desafiante con su gran boca abierta,
que al percatarse de nuestra presencia rápidamente se
escabullía aguas adentro.
Y al fin llegamos a
Seronga junto a todos nuestros bártulos. Aquí era donde los
indígenas del lugar, hoy reciclados para atender al turismo nos
recogerían y comenzaría nuestro viaje en mokoro (balsa
tradicionalmente de madera, actualmente de plástico, que se
usaba para navegar por el delta). El lugar desde donde los
mokoros partían estaba rodeado de arboles con grandes flores
rojas cargadas de dulce néctar, así que mientras se repartían
las cargas endulzamos la espera.
En los mokoros
subíamos de dos en dos junto con el experto marinero de agua
dulce que, utilizando una larga pértiga, nos conducía a
través de las enrevesadas sendas de agua que se forman entre la
vegetación. El trayecto fue especialmente “sensual” por el
efecto acunador que producía el agua y el silencio de todo lo
que no fuera el ruido que imprimía la pértiga y el de algún
animal. Fue como un duerme vela continuo, de hecho no me resulta
fácil recordar todo el trayecto porque llegué a adormecerme
alguna que otra vez.
En uno de esos
estados somnolientos, llegó hasta nosotros un fuerte olor a
carne muerta y así resultó ser, pues encontramos los restos de
un hipopótamo que daba la impresión de haber muerto tras una
encarnizada lucha, quien sabe, quizá enfrentándose a otro
macho por cuestiones del “corazón”.
Navegábamos entre
sendas acuáticas repletas de arboles y de papiros, y cuando el
calor era fuerte metíamos los pies en el agua para apaciguarlo
y retornar a la somnolencia. Dentro y fuera del agua se
percibía una rica variedad de formas de vida. Robaban nuestra
atención los vistosos nenúfares que cambiaban de color según
fuera de día o de noche y la silueta de los indígenas
recogiendo raíces y pescando lo que seria su próxima comida.
Continúa
