Conforme nos vamos
acercando al famoso Parque Nacional de Etosha abandonamos la
sensación de soledad que nos precedía. Su nombre se debe a una
leyenda de los San y se traduciría como “gran lugar blanco”,
debido al contenido mineral del terreno y a la rápida
evaporación de las ocasionales lluvias.
Recorrimos el “gran
lugar blanco” acampando en dos de los tres camping que el
Parque posee a lo largo de las pista que lo cruza y que marca el
camino a seguir. Un trayecto en el que el visitante disfruta de
todos los animales que se cruzan, tanto de los afamados cinco
grandes como de cualquiera de otro más modestos para los
cazadores de fotos.
Para los
acostumbrados a ver documentales de vida salvaje, el primer
contacto con animales en su espacio natural hace que la
percepción que se ha tenido de ellos desde el “sofá” ahora
sea diferente. Los tamaños que se imaginaban frente a la TV,
aquí tienen otra medida, pero lo más sorprendente es observar
la lentitud que imprimen a cada gesto las manadas, por ejemplo
cuando se acercan a una charca. Esa acompasada lentitud, sin
duda es la mejor de las lecciones para el occidental que llega
con prisa y que el entorno rápidamente pone en su lugar.
En el recorrido vimos
muchos y espléndidos animales como el antílope president con
su elegante porte y su impresionante cornamenta. Pero fue en una
charca solitaria compartida por un elefante y un león, siempre
guardándose las distancias, donde surgieron las imágenes que
sin duda alguna nos dejaron más impresionados.
Una vez llegados al
camping de Okaukuejo para pasar un par de noches, la sorpresa
fue descubrir que a tan solo unos metros de su perímetro
existía otra preciada charca, en la que a la caída del sol y
durante toda la noche acudían animales en busca de agua y
frescor. Allí tuvimos la oportunidad de disfrutar de todos los
animales que ya habíamos visto desde la perspectiva móvil del
camión, esta vez a tan solo unos metros desde tierra firme
mientras disfrutábamos de unas cervezas o cambiábamos sin
prisa un nuevo rollo de película.
Recuerdo con mucho
cariño la ruidosa visita que un elefante tuvo a bien hacernos
en plena noche y del que fuimos amables anfitriones viéndole
jugar con el barro y disfrutar espantando al resto de los
vecinos que estaban en la charca, demostrando a su público que
era el más fuerte y, como no, el más simpático. Esos días de
descanso fueron un preciado regalo después de tantas jornadas
dando botes dentro del camión.

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Y es que poco a poco
la vida en el camión iba convirtiéndose en rutina y al llegar
al ecuador del viaje ya habíamos tomado por completo conciencia
de nuestro espacio en él. De tal manera que llegábamos a
dormir y a comer con cierta comodidad, e incluso a tender la
ropa en la barandilla del techo a modo de tendedero de fortuna.
Disponíamos de una nevera común y al principio costaba
distribuir la bebida para que alcanzara a todos, pero a esas
alturas del viaje la táctica resultaba perfecta y la previsión
de bebida llegaba hasta el último rincón del camión. Por eso
cuando salimos de Estosha, en dirección este, ya estábamos
integrados en ese “universo rodante” en el que se había
convertido el camión.
Camino del delta del
Okawango atravesamos pueblos en los que si se podía
repostábamos hielo, comida y estirábamos las piernas. A modo
de golosina, para entretener el hambre, masticábamos la popular
carne seca de vaca con especias que se vendía en cualquier
puesto callejero. Era habitual ver a la gente mascándola, su
aspecto es el de un palito de regaliz y el sabor y la textura
son muy agradables.
Continúa
