Cuando llegamos a
Opuwo el bullicio de la ciudad nos sorprendió gratamente,
había mercados, supermercados, bares, niños uniformados que
salían de las escuelas... No se puede decir que fuese una
ciudad colonial como las de la costa, no había bonitos
edificios sino poblados de cabañas a las afueras y
prácticamente todos los habitantes eran negros.
Entre ese bullicioso,
desordenado y excitante ambiente se encontraban las mujeres
Himba, ataviadas con sus vestidos tradicionales, y las mujeres
Herero, con sus características faldas superpuestas y tocados
espectaculares, heredados de la época colonial. También, entre
tanto colorido había gente venida de Angola con atuendos mas
occidentales y nosotros mismos poniendo una nota diferente entre
tanto barullo. El escenario resultó sorprendente porque todas
las tribus finalmente nos juntamos en un supermercado que era
como cualquiera de los que tenemos al lado de casa.
Entre tanto paisano
se nos acercó un angoleño residente en Opuwo que hablaba
castellano aprendido en Cuba y nos ofreció sus servicios como
guía. Nos guió al bar y nos tomamos unas cervezas con él, nos
contó sus experiencias al lado de Fidel y desapareció. Desde
luego, un tipo interesante.
Allí contactamos con
el intermediario que nos llevaría a conocer una tribu Himba. A
cambio de harina, tabaco, caramelos y azúcar el jefe de la
tribu accedería a nuestra petición de visita. El poblado
estaba cercado por una gran valla circular y en su interior se
levantaban los lugares sagrados de agradecimiento junto a varias
cabañas, en torno a las cuales se desarrollaba la vida de las
mujeres y los niños Himba.
Al entrar nos
sentamos todos en círculo y nos fuimos presentando, el jefe se
interesaba principalmente por saber si estabamos casados y
cuantos hijos teníamos, para después, tras el protocolo,
levantarnos y saludar a todos los miembros de la tribu. Una vez
cubiertas todas las cortesías, nos dejaron fotografiarlos. Los
niños se convirtieron en los protagonistas de la visita,
especialmente alegres, cariñosos y demostrando curiosidad por
todas las cosas que llevábamos encima.
Las mujeres nos
mostraron como hacen la mezcla que desde muy jóvenes llevan en
la piel y que consiguen a base de triturar una piedra rojiza y
mezclada con grasa animal. Tuve la oportunidad de untarme y la
sensación fue como si me pintasen con barro. Para el turista
inquieto, quizá este tipo de visitas sea tan solo un
espectáculo más, sin embargo cuando abandonas el poblado, al
contrario que en otros lugares de Africa, la vida sigue para
ellos de la misma manera que tú la vistes. Jamás una mujer
Himba se pondrá un pantalón o llevará a sus hijos al colegio.
Continúa
