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Sumario

Introducción
El Camión Comienza a Rodar
La Duna de la Muerte
Los Boabad...
Del Quicio del Mar a las Rocas Imposibles
El Lugar más viejo del mundo
Himbas y Hereros
Ante el Sagrado Ritmo del Cosmos
El Último aliento de un río diferente
Siete Pasos nada más
Hipopótamos y Turistas
"Ojos de Águila" y su cacería
Es allí, en el Bar de enfrente
Cuando Volar es posible sin alas
Camino de Zambia no olvides lavarte las manos
Guía Práctica
 

 

Otros Reportajes

Namibia
"...Donde la tierra se hace luz"
Textos y Fotos: Maite López Morell
 
 Himbas y Hereros: La tradición no desaparece, sólo se va poniendo capas
 
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© Maite López Morell

Cuando llegamos a Opuwo el bullicio de la ciudad nos sorprendió gratamente, había mercados, supermercados, bares, niños uniformados que salían de las escuelas... No se puede decir que fuese una ciudad colonial como las de la costa, no había bonitos edificios sino poblados de cabañas a las afueras y prácticamente todos los habitantes eran negros.

Entre ese bullicioso, desordenado y excitante ambiente se encontraban las mujeres Himba, ataviadas con sus vestidos tradicionales, y las mujeres Herero, con sus características faldas superpuestas y tocados espectaculares, heredados de la época colonial. También, entre tanto colorido había gente venida de Angola con atuendos mas occidentales y nosotros mismos poniendo una nota diferente entre tanto barullo. El escenario resultó sorprendente porque todas las tribus finalmente nos juntamos en un supermercado que era como cualquiera de los que tenemos al lado de casa.

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© Maite López Morell

Entre tanto paisano se nos acercó un angoleño residente en Opuwo que hablaba castellano aprendido en Cuba y nos ofreció sus servicios como guía. Nos guió al bar y nos tomamos unas cervezas con él, nos contó sus experiencias al lado de Fidel y desapareció. Desde luego, un tipo interesante.

Allí contactamos con el intermediario que nos llevaría a conocer una tribu Himba. A cambio de harina, tabaco, caramelos y azúcar el jefe de la tribu accedería a nuestra petición de visita. El poblado estaba cercado por una gran valla circular y en su interior se levantaban los lugares sagrados de agradecimiento junto a varias cabañas, en torno a las cuales se desarrollaba la vida de las mujeres y los niños Himba.

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© Maite López Morell

Al entrar nos sentamos todos en círculo y nos fuimos presentando, el jefe se interesaba principalmente por saber si estabamos casados y cuantos hijos teníamos, para después, tras el protocolo, levantarnos y saludar a todos los miembros de la tribu. Una vez cubiertas todas las cortesías, nos dejaron fotografiarlos. Los niños se convirtieron en los protagonistas de la visita, especialmente alegres, cariñosos y demostrando curiosidad por todas las cosas que llevábamos encima.

Las mujeres nos mostraron como hacen la mezcla que desde muy jóvenes llevan en la piel y que consiguen a base de triturar una piedra rojiza y mezclada con grasa animal. Tuve la oportunidad de untarme y la sensación fue como si me pintasen con barro. Para el turista inquieto, quizá este tipo de visitas sea tan solo un espectáculo más, sin embargo cuando abandonas el poblado, al contrario que en otros lugares de Africa, la vida sigue para ellos de la misma manera que tú la vistes. Jamás una mujer Himba se pondrá un pantalón o llevará a sus hijos al colegio.

Continúa


 

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