Cuando llegamos a
Twyfelfontein fuimos recibidos por las personas que iban a ser
nuestros guías por el área de rocas dibujadas, donde el pueblo
San reflejó su estilo de vida. Genéticamente hablando y usando
los análisis de ADN mitocondrial, estos gravados han sido
realizados por el pueblo mas antiguo que existe hoy sobre la
tierra. Llegaron a ocupar grandes áreas del continente africano
y ha sido el pueblo más brutal y cruelmente tratado en la
asesina historia del África austral. Son los Bosquimanos, San o
Basarwa. Los tres nombres les han sido impuestos dependiendo de
quien los nombrara, por ejemplo los Tswana los llaman Basarva
(pueblo que no tiene nada), los Khoi los nombran San (extraños
o vagabundos) y los colonizadores Bosquimanos.
Lo que han dejado
plasmado en este lugar muestra imágenes de su vida como
cazadores recolectores, así como una muestra de los animales
con los que compartieron existencia hace 20.000 años. Pero para
entender mejor estos dibujos hay que tener en cuenta que para
ellos entre la vida natural y la espiritual existía un estrecha
relación, y que las pinturas podrían haber sido un nexo de
comunicación entre ambas partes. Sin dejar de pensar lo que
supuso el intento de exterminio de los bosquimanos, tanto antes
en nombre de la religión, como ahora en nombre del progreso,
este paseo biográfico a través de sus pinturas es cautivador y
merece la pena el calor que hay que soportar.

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Es característica de
este pueblo utilizar lenguajes de chasquido (utilizan chasquidos
y sonidos producidos con la lengua) y me resultó curioso que
los guías de Twyfelfontein hablaban con chasquidos, aunque
según me dijeron no era bosquimanos. Si este viaje artístico
al pasado de la humanidad genera dudas existencialistas,
próxima a las pinturas existe una fuente natural de la que no
siempre sale agua y a la que se conoce como “la fuente de la
duda”. Pero si las dudas son que llevarse a casa de recuerdo,
los guías locales hacen una parada en un mercadillo donde
comprar un collar hecho con semillas (son muy bonitos), una
muñeca de trapo o, porque no, una coca cola…
La verdad es que ha
estas alturas de viaje no habíamos visto muchos animales, a
parte de alguna que otra asustadiza avestruz y de los divertidos
springys, que siempre lograban robarnos una sonrisa. Así que
nos confortábamos admirado a los elegantes árboles botella.
Cuando desde el camión se divisaba uno de estos atípicos
árboles, aprovechábamos para bajar y hacernos unas fotos junto
a sus vigorosas flores. De paso comíamos algo, estirábamos las
piernas y bebíamos de lo que quedara más frío.
Sin dejar rumbo norte
el camión se detuvo de nuevo, esta vez, aparentemente en el
mismo desierto pero decorado con unas cabañas de madera que
servían de merendero y de mercadillo, era la entrada al bosque
petrificado. Se trata de un bosque de pinos convertidos por arte
de alquimia en piedra, una de esas maravillas de la naturaleza
tan mágica pero tan complicada de explicar. Aunque no siempre
hay que saberlo todo, claro, con admirar lo que ahora es su
materia muerta ya sobra al visitante.
Entre estos trozos de
pino de piedra crecen las Welwitschia que son plantas que dicen
pueden llegar a vivir 2.000 años. También aquí fuimos
acompañados por unos guías locales que nos mostraron los
rincones del Parque Petrificado seguidos también por un
séquito de vecinos, amigos, mujeres, niños... que después de
la visita nos ofrecieron un repertorio de cantos, algunos
aprendidos de los misioneros y otros heredados de su cultura.
Resultó peculiar ese curioso chasquido en su forma de hablar y
de cantar. Finalmente nos despedimos de ellos, nos subimos al
camión, nos acomodamos lo mejor posible y emprendimos de nuevo
viaje con la sensación de haber estado en el lugar más viejo
del mundo.
Continúa
