Continuando por la
costa y a unos 120 kilómetros de Swakopmund llegamos hasta Cape
Cros. Conforme el camión se acercaba percibíamos un intenso
olor a pescado rancio y el sonido de agudos “grititos”
mezclados con los aullidos del mar. Era consecuencia de la
espectacular colonia reproductiva de leones marinos que se
afinca en esta zona.
Este asentamiento,
entre 80.000 y 100.000 leones marinos, está separado de los
curiosos por un muro muy bajo de piedra, tras el que vas
paseando a la vez que les observas y les escuchas. Hay leones
hembra amamantando a sus crías, pero también se ven gran
cantidad de crías muertas que sirven de comida a las gaviotas.
Resulta interesante la reacción del resto de la colonia cuando
uno de ellos grita ante la presencia de algo inesperado.
Al fondo, el pequeño
muro disuasorio esta derrumbado y los leones marinos pasean a
sus anchas sin obstáculos, así que es posible caminar entre
ellos con cierta precaución, eso sí, porque tienen muy mal
genio y… unos dientes muy afilados. Merodeando por la colonia
no faltan las hienas a las que sirven de alimento, aunque éstas
no son sus únicos depredadores pues, de vez en cuando, algunos
individuos son eliminados por pescadores de la zona quejosos de
que espanten los bancos de pesca.
Dejando atrás la
costa e internándonos en el desierto llegamos hasta Spitzkoppe,
donde espectaculares formaciones rocosas de hasta 1.829 metros
surgen de la nada en mitad de la planicie desértica. Son rocas
gigantes de granito resultantes de la actividad volcánica y de
la posterior erosión a la que han sido sometidas tras cien
millones de años de antigüedad
En este misterioso
escenario pasamos dos días acampando donde más nos apetecía.
Llegamos por la tarde, montamos las tiendas y mientras que los
que compartían quehaceres culinarios con Benson preparaban la
cena, el resto nos fuimos a subir las rocas. Si bien cuando
salimos en su busca teníamos luz diurna de sobra, parecían
fácilmente accesibles y sobre todo cercanas, por lo menos, eso
creímos. Conforme caminábamos comprobamos que nunca estuvieron
tan cerca como parecían y que conseguir llegar hasta el punto
más alto necesitaría mas esfuerzo del que habíamos imaginado.
Dos veces salimos a
su encuentro, la primera por la tarde y tuvimos que regresar
porque nos quedamos sin luz y la segunda, para ver amanecer. Ese
último día nos levantamos a las 5:30 y estuvimos caminando
hasta pasadas las nueve sin haber conseguido ver el deseado
amanecer desde lo más alto pero, desde luego, lo pasamos más
que bien “haciendo el cabra” en uno de los desiertos más
fascinantes de África.
La noche en
Spitzkoppe fue muy agradable, estábamos solos bajo un cielo
especialmente resplandeciente y rodeados por las descomunales
ascuas ya enfriadas de lo que una vez había sido fuego
telúrico. Esa noche fue la primera vez que busqué la Cruz del
Sur y la encontré al mismo tiempo que me enteré de que por
ella sola nuca llegaría al sur siguiéndola, sino que
necesitaría de toda la constelación y, además, aplicar
algunos cálculos para dar con el rumbo. Arropada por el
firmamento austral y por algún que otro vaso de vino la noche
se convirtió en una de las más entrañables para el recuerdo.
Continúa
