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Sumario

Introducción
El Camión Comienza a Rodar
La Duna de la Muerte
Los Boabad...
Del Quicio del Mar a las Rocas Imposibles
El Lugar más viejo del mundo
Himbas y Hereros
Ante el Sagrado Ritmo del Cosmos
El Último aliento de un río diferente
Siete Pasos nada más
Hipopótamos y Turistas
"Ojos de Águila" y su cacería
Es allí, en el Bar de enfrente
Cuando Volar es posible sin alas
Camino de Zambia no olvides lavarte las manos
Guía Práctica
 

 

Otros Reportajes

Namibia
"...Donde la tierra se hace luz"
Textos y Fotos: Maite López Morell
 
 "Los Boabad pueden hacer estallar un planeta y maravillar  al universo..." (El principito)
 
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© Maite López Morell

Los preciosos boabad en mitad de la sabana africana son algo muy especial. Hay que parar; bajar del camión; acercarse a ellos y tocarlos; probar sus frutos, conocidos como “pan de mono”, de sabor agridulce y textura suave, pero sobre todo; dejarse impresionar por sus formas y por su descomunal tamaño.

Los indígenas de la zona nos mostraron algunas de las múltiples utilidades que les ofrecen los boabads, por ejemplo, con la corteza tierna tejen unas cuerdas que usan para fabricar trampas con las que atrapan a una especie de gallina salvaje. Por supuesto, el árbol no sufre y no serán ellos los que rompan el equilibrio medioambiental en África.

En una explanada cercana a la pista por la que rodábamos nos topamos con tres construcciones de adobe, las tres eran bastante pequeñas, con una puerta de entrada muy estrecha y en las que sólo cogía una persona en su interior. Eran las cabañas que construyen los pastores de la sabana para pasar la noche y que a pesar de su aspecto austero son unos magníficos refugios isotérmicos, algo que se experimenta al entrar en ellas. Sorprendentemente, aunque fuera la temperatura rondaba los 30 grados, dentro la sensación térmica era muy agradable. Y lo mismo sucede a la inversa, cuando el frío gélido de la noche es intenso, en su interior el calor que genera una simple fogata se mantiene proporcionando una cálida estancia a su ocupante.

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© Maite López Morell

A estas alturas de viaje, muchos os preguntaréis que se puede hacer durante cuatro, cinco o más horas de trayecto por pistas sin asfaltar dentro del camión… Pues bien, principalmente el buen humor no debe faltar y para cuando este no sobre, un libro, música o juegos de mesa, como el dominó ayudan a desconectar. Desde luego, mis compañeros de viaje llegaron a convertirse en expertos tahures, no solo en lo que se refiere a las técnicas de juego, sino por el difícil arte de mantener las piezas pegadas a la mesa, teniendo en cuenta que más que un viaje en camión a veces parecía que navegásemos en un galeón con galerna a estribor.

Desde la turística Walvys Bay seguimos nuestro camino entre el desierto y el océano hasta Swakopmund, una ciudad colonial alemana con bastante gente y algún que otro “pub” para desahogo de turistas secos por el polvo. Al llegar nos instalamos en un hotel que disponía de un gran patio interior, en medio del cual estaban aparcados cuatro camiones 4x4 de grupos que también estaban en ruta, lo que gestaba un ambiente distendido y alegre entre todos los que allí se alojaban.

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© Maite López Morell

El propio hotel ofrecía una amplia propuesta de actividades, desde sobrevolar en avioneta el desierto de Namif y ver desde el aire la Costa de los Esqueletos, hasta excursiones en motos 4x4 o la posibilidad de lanzarse “de paquete” en paracaídas. Pero también existían otras posibilidades. Un paseo por la ciudad y sus alrededores lleva a contemplar interesantes edificios de la época colonial o un curioso faro justo al lado de la State House, actual residencia veraniega del presidente de Namibia. A la entrada de la ciudad también puede verse una vieja máquina de vapor que, a modo de monumento, se mantiene inerte, pues desde que la importaron de Alemania ésta ha sido la única utilidad que ha tenido ya que, sorprendentemente, en Namibia nunca llegó a funcionar.

Al llegar la tarde hay que acercarse hasta el embarcadero y contemplar el océano. En septiembre, la coloración del mar revuelto se confunde con los azulados tonos del cubierto cielo Namibio, de tal manera que cielo y mar consiguen ser del mismo color. Bajando hasta la arena y caminando un ratito es fácil llegar hasta donde las dunas se vierten al océano, es un curioso lugar en el que las olas de arena se transforman en olas de mar sin apenas brusquedad.

Pero cuando llega la noche lo mejor es salir a cenar en un popular restaurante instalado sobre lo que pudo ser un barco y probar apetitosas carnes y pescados para luego, animados por alguna cerveza de los pubs de la ciudad, recuperar los mejores momentos del día junto a los habitantes de otros camiones, y alargar la conversación hasta el día siguiente. Para los que gusten de “marcha nocturna”, esta será la última escala en una ciudad de aspecto occidental hasta el final del viaje. Para los demás, dos días en la ciudad serán suficientes para recuperar las ganas de subir al camión y reanudar viaje.

Continúa


 

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