Los
preciosos boabad en mitad de la sabana africana son algo muy
especial. Hay que parar; bajar del camión; acercarse a ellos y
tocarlos; probar sus frutos, conocidos como “pan de mono”,
de sabor agridulce y textura suave, pero sobre todo; dejarse
impresionar por sus formas y por su descomunal tamaño.
Los
indígenas de la zona nos mostraron algunas de las múltiples
utilidades que les ofrecen los boabads, por ejemplo, con la
corteza tierna tejen unas cuerdas que usan para fabricar trampas
con las que atrapan a una especie de gallina salvaje. Por
supuesto, el árbol no sufre y no serán ellos los que rompan el
equilibrio medioambiental en África.
En una
explanada cercana a la pista por la que rodábamos nos topamos
con tres construcciones de adobe, las tres eran bastante
pequeñas, con una puerta de entrada muy estrecha y en las que
sólo cogía una persona en su interior. Eran las cabañas que
construyen los pastores de la sabana para pasar la noche y que a
pesar de su aspecto austero son unos magníficos refugios
isotérmicos, algo que se experimenta al entrar en ellas.
Sorprendentemente, aunque fuera la temperatura rondaba los 30
grados, dentro la sensación térmica era muy agradable. Y lo
mismo sucede a la inversa, cuando el frío gélido de la noche
es intenso, en su interior el calor que genera una simple fogata
se mantiene proporcionando una cálida estancia a su ocupante.

 |
A estas
alturas de viaje, muchos os preguntaréis que se puede hacer
durante cuatro, cinco o más horas de trayecto por pistas sin
asfaltar dentro del camión… Pues bien, principalmente el buen
humor no debe faltar y para cuando este no sobre, un libro,
música o juegos de mesa, como el dominó ayudan a desconectar.
Desde luego, mis compañeros de viaje llegaron a convertirse en
expertos tahures, no solo en lo que se refiere a las técnicas
de juego, sino por el difícil arte de mantener las piezas
pegadas a la mesa, teniendo en cuenta que más que un viaje en
camión a veces parecía que navegásemos en un galeón con
galerna a estribor.
Desde la
turística Walvys Bay seguimos nuestro camino entre el desierto
y el océano hasta Swakopmund, una ciudad colonial alemana con
bastante gente y algún que otro “pub” para desahogo de
turistas secos por el polvo. Al llegar nos instalamos en un
hotel que disponía de un gran patio interior, en medio del cual
estaban aparcados cuatro camiones 4x4 de grupos que también
estaban en ruta, lo que gestaba un ambiente distendido y alegre
entre todos los que allí se alojaban.

 |
El propio
hotel ofrecía una amplia propuesta de actividades, desde
sobrevolar en avioneta el desierto de Namif y ver desde el aire
la Costa de los Esqueletos, hasta excursiones en motos 4x4 o la
posibilidad de lanzarse “de paquete” en paracaídas. Pero
también existían otras posibilidades. Un paseo por la ciudad y
sus alrededores lleva a contemplar interesantes edificios de la
época colonial o un curioso faro justo al lado de la State
House, actual residencia veraniega del presidente de Namibia. A
la entrada de la ciudad también puede verse una vieja máquina
de vapor que, a modo de monumento, se mantiene inerte, pues
desde que la importaron de Alemania ésta ha sido la única
utilidad que ha tenido ya que, sorprendentemente, en Namibia
nunca llegó a funcionar.
Al llegar la
tarde hay que acercarse hasta el embarcadero y contemplar el
océano. En septiembre, la coloración del mar revuelto se
confunde con los azulados tonos del cubierto cielo Namibio, de
tal manera que cielo y mar consiguen ser del mismo color.
Bajando hasta la arena y caminando un ratito es fácil llegar
hasta donde las dunas se vierten al océano, es un curioso lugar
en el que las olas de arena se transforman en olas de mar sin
apenas brusquedad.
Pero cuando
llega la noche lo mejor es salir a cenar en un popular
restaurante instalado sobre lo que pudo ser un barco y probar
apetitosas carnes y pescados para luego, animados por alguna
cerveza de los pubs de la ciudad, recuperar los mejores momentos
del día junto a los habitantes de otros camiones, y alargar la
conversación hasta el día siguiente. Para los que gusten de
“marcha nocturna”, esta será la última escala en una
ciudad de aspecto occidental hasta el final del viaje. Para los
demás, dos días en la ciudad serán suficientes para recuperar
las ganas de subir al camión y reanudar viaje.
Continúa
