Al día siguiente,
continuamos recorrido por el Parque y llegamos a una zona de
dunas imposible de acceder si no es andando o con vehículo 4x4,
así que decidimos ir con el camión. Al llegar, nos encontramos
con un “vlei”, que es una de esas características
depresiones arcillosas rodeada por altas dunas que suelen estar
secas durante años hasta que, en contadas ocasiones, tras la
lluvia el río Tsauchab las inunda. Por lo que cuentan, los que
las han visto encharcadas, debe ser toda una fortuna que el azar
permita estar en el momento oportuno y ser testigo de algo tan
inusual.
El paisaje es
desolador porque en medio de estos vleis se desperdigan los
restos de arboles muertos con retorcidas ramas que les dan
furiosas formas, como si hubiesen muerto con dolor.
Curiosamente, a una de estas depresiones la llaman “duna de la
muerte” en clara referencia a su paisaje tan aparentemente
devastado. Sin embargo, cuando subes a una duna y observas a los
“geckos”, una especie de lagartija de colores, juguetear en
la arena y al fondo los barrancos pintados a brochazos de
intenso blanco grisáceo, de nuevo la magia del paisaje te
sorprende.

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Después de disfrutar
como geckos en las dunas, saltando desde el borde para bajarlas
lo más rápido posible a costa de rodar en varias ocasiones,
abandonamos la parte interior del Parque de Namib y nos
dirigimos hacia la costa. Como si circuláramos a lo largo de un
filo divisorio, a un lado teníamos la costa mientras que al
otro lado de la carretera el desierto parecía no querer
dejarnos ir. Navegando sobre ruedas y flanqueados por el mar y
las dunas postreras del desierto de Namib, nos dispusimos a
buscar un buen lugar para ver la puesta de sol frente al azul y
dorado Océano Atlántico.
Y así, embelesados
por el recorrido entre dunas y océano llegamos a Walvys Bay.
Tanto Walvis Bay como las de islas de la costa pertenecieron
recientemente a Sudáfrica. Se trata de un importante enclave
comercial pues posee el único puerto de aguas profundas
adecuado para barcos de gran calado.
La ciudad recuerda a
un lugar de veraneo no muy saturado, en la que es habitual
encontrarse con marineros gallegos, pertenecientes a
tripulaciones de buques mercantes o de pesca, que en sus cortos
periodos de vacaciones se acercan a esta zona con sus familias.
No será difícil sentarse en el paseo marítimo y entablar
conversación con alguno de ellos a la vez que se contempla el
vuelo de los flamencos, siempre espectacular, las medusas sobre
la arena o a los inquietos “little stints” jugueteando en la
bajamar.
En el invierno
austral la atmósfera está nítida y deja ver en la zona de
humedales algunas de las 68.000 aves migratorias que recalan
allí. Especialmente vistosos para el espectador, por su
elegancia y rosado aleteo, son los flamencos cuyas migraciones
constituyen una de las más apasionantes aventuras en cielo
africano. También resulta interesante visitar las importantes
salinas del sur de la ciudad, curiosamente el único vehículo
con el que nos cruzamos fue un inmenso trailer cargado, como no,
de sal. Y mientras nos tomábamos un café aguado en el único
bar que encontramos abierto, nuestro periplo africano continuaba
camino, esta vez con el permiso de los boabad de sabana.
Continúa
