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Sumario

Introducción
El Camión Comienza a Rodar
La Duna de la Muerte
Los Boabad...
Del Quicio del Mar a las Rocas Imposibles
El Lugar más viejo del mundo
Himbas y Hereros
Ante el Sagrado Ritmo del Cosmos
El Último aliento de un río diferente
Siete Pasos nada más
Hipopótamos y Turistas
"Ojos de Águila" y su cacería
Es allí, en el Bar de enfrente
Cuando Volar es posible sin alas
Camino de Zambia no olvides lavarte las manos
Guía Práctica
 

 

Otros Reportajes

Namibia
"...Donde la tierra se hace luz"
Textos y Fotos: Maite López Morell
 
 La Duna de la Muerte
 
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© Maite López Morell

Al día siguiente, continuamos recorrido por el Parque y llegamos a una zona de dunas imposible de acceder si no es andando o con vehículo 4x4, así que decidimos ir con el camión. Al llegar, nos encontramos con un “vlei”, que es una de esas características depresiones arcillosas rodeada por altas dunas que suelen estar secas durante años hasta que, en contadas ocasiones, tras la lluvia el río Tsauchab las inunda. Por lo que cuentan, los que las han visto encharcadas, debe ser toda una fortuna que el azar permita estar en el momento oportuno y ser testigo de algo tan inusual.

El paisaje es desolador porque en medio de estos vleis se desperdigan los restos de arboles muertos con retorcidas ramas que les dan furiosas formas, como si hubiesen muerto con dolor. Curiosamente, a una de estas depresiones la llaman “duna de la muerte” en clara referencia a su paisaje tan aparentemente devastado. Sin embargo, cuando subes a una duna y observas a los “geckos”, una especie de lagartija de colores, juguetear en la arena y al fondo los barrancos pintados a brochazos de intenso blanco grisáceo, de nuevo la magia del paisaje te sorprende.

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© Maite López Morell

Después de disfrutar como geckos en las dunas, saltando desde el borde para bajarlas lo más rápido posible a costa de rodar en varias ocasiones, abandonamos la parte interior del Parque de Namib y nos dirigimos hacia la costa. Como si circuláramos a lo largo de un filo divisorio, a un lado teníamos la costa mientras que al otro lado de la carretera el desierto parecía no querer dejarnos ir. Navegando sobre ruedas y flanqueados por el mar y las dunas postreras del desierto de Namib, nos dispusimos a buscar un buen lugar para ver la puesta de sol frente al azul y dorado Océano Atlántico.

Y así, embelesados por el recorrido entre dunas y océano llegamos a Walvys Bay. Tanto Walvis Bay como las de islas de la costa pertenecieron recientemente a Sudáfrica. Se trata de un importante enclave comercial pues posee el único puerto de aguas profundas adecuado para barcos de gran calado.

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© Maite López Morell

La ciudad recuerda a un lugar de veraneo no muy saturado, en la que es habitual encontrarse con marineros gallegos, pertenecientes a tripulaciones de buques mercantes o de pesca, que en sus cortos periodos de vacaciones se acercan a esta zona con sus familias. No será difícil sentarse en el paseo marítimo y entablar conversación con alguno de ellos a la vez que se contempla el vuelo de los flamencos, siempre espectacular, las medusas sobre la arena o a los inquietos “little stints” jugueteando en la bajamar.

En el invierno austral la atmósfera está nítida y deja ver en la zona de humedales algunas de las 68.000 aves migratorias que recalan allí. Especialmente vistosos para el espectador, por su elegancia y rosado aleteo, son los flamencos cuyas migraciones constituyen una de las más apasionantes aventuras en cielo africano. También resulta interesante visitar las importantes salinas del sur de la ciudad, curiosamente el único vehículo con el que nos cruzamos fue un inmenso trailer cargado, como no, de sal. Y mientras nos tomábamos un café aguado en el único bar que encontramos abierto, nuestro periplo africano continuaba camino, esta vez con el permiso de los boabad de sabana.

Continúa


 

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