El espectáculo de
agua y sonido es de tal magnitud que decidimos cambiar de país
para contemplar las cataratas desde otra perspectiva, la que
ofrece Zambia. Ya fuera de Zimbabwe, en la zona conocida como
“tierra de nadie”, camino de Zambia nos fijamos en un grupo
de gente haciendo cola frente a un barreño custodiado por un
paisano que ofrecía una toalla. Pensamos que saldrían de un
servicio, pero no, no era eso, resultó ser la condición
indispensable e ineludible para cambiar de país. Había que
desinfectarse las manos antes de que el funcionario sellara tu
pasaporte.
Una vez en la cola
para pagar el visado, el aspecto del lugar recordaba al de la
mayoría de las fronteras: mucha gente esperando, especialmente
mujeres con niños cargadas con grandes bultos a la cabeza.
Debían de haberse celebrado elecciones no hacía mucho, porque
una de ellas llevaba de falda una tela con la foto y los
eslogans de un candidato. Supongo que ni votó ni se quedó con
ganas de hacerlo. Lo lamentable de esas elecciones, como
habitualmente sucede en África, es que a esa mujer tan solo le
sirvieron para estrenar una reluciente falda de diseño
desconocido hasta entonces.
Una vez en el otro
lado y dentro de las instalaciones de las cataratas, otra vez
nos quedamos boquiabiertos con magia que desprendían. Desde
aquí se puede subir hasta el lugar donde todavía son río y a
modo de descanso, meter los pies en sus refrescantes aguas antes
de continuar hasta la ciudad de Livinstong, que tan solo está a
unos tres cuartos de hora en taxi.

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Así que algunos del
grupo decidimos continuar hasta Livinstone. De esa ciudad, a
parte del intenso calor, de sus peculiares taxis, que parecía
iban a desmontarse de un momento a otro, y de los estrechos
callejones de su mercado, poco más llamó nuestra atención.
Fue en mitad del laberinto urbano de su mercado, entre puestos
de especias, ropa usada, zapatos y pescado, donde encontramos un
comedor popular abarrotado de gente comiendo un guiso a base de
sima (pasta blanca de maíz o similar bastante insípida) al que
no pudimos resistirnos. La anécdota surgió cuando el taxista
que nos llevaba de vuelta nos enseñó la postal que le envió
una madrileña que conoció allí hacía unos cuatro años, la
guardada en la guantera del coche como un tesoro y por su
aspecto allí llevaba custodiada los cuatro años.
Cuando el taxista nos
dejó en la frontera para pasar de nuevo a Zimbabwe hicimos la
cola correspondiente esta vez sin lavado de manos, entregamos un
papelito a modo de salvoconducto a un funcionario de la aduana,
y nos subimos a uno de esos característicos motocarros que nos
llevó a encontramos con el resto del grupo.
Desde luego el día
resultó ser largo y condensado, como todos los que habíamos
pasado desde que salimos de casa, por eso, para estirarlo un
poco más, decidimos juntarnos para cenar y acabar de la mejor
manera posible la que sería nuestra última noche en África. Y
así lo hicimos, a ritmo de reage y de funky en uno de esos
garitos tan fraternales que no aparecen en los clásicos
catálogos para turistas aprensivos.
Continúa
