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Sumario

Introducción
El Camión Comienza a Rodar
La Duna de la Muerte
Los Boabad...
Del Quicio del Mar a las Rocas Imposibles
El Lugar más viejo del mundo
Himbas y Hereros
Ante el Sagrado Ritmo del Cosmos
El Último aliento de un río diferente
Siete Pasos nada más
Hipopótamos y Turistas
"Ojos de Águila" y su cacería
Es allí, en el Bar de enfrente
Cuando Volar es posible sin alas
Camino de Zambia no olvides lavarte las manos
Guía Práctica
 

 

Otros Reportajes

Namibia
"...Donde la tierra se hace luz"
Textos y Fotos: Maite López Morell
 
 Camino de Zambia no olvides lavarte las manos
 
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© Maite López Morell

El espectáculo de agua y sonido es de tal magnitud que decidimos cambiar de país para contemplar las cataratas desde otra perspectiva, la que ofrece Zambia. Ya fuera de Zimbabwe, en la zona conocida como “tierra de nadie”, camino de Zambia nos fijamos en un grupo de gente haciendo cola frente a un barreño custodiado por un paisano que ofrecía una toalla. Pensamos que saldrían de un servicio, pero no, no era eso, resultó ser la condición indispensable e ineludible para cambiar de país. Había que desinfectarse las manos antes de que el funcionario sellara tu pasaporte.

Una vez en la cola para pagar el visado, el aspecto del lugar recordaba al de la mayoría de las fronteras: mucha gente esperando, especialmente mujeres con niños cargadas con grandes bultos a la cabeza. Debían de haberse celebrado elecciones no hacía mucho, porque una de ellas llevaba de falda una tela con la foto y los eslogans de un candidato. Supongo que ni votó ni se quedó con ganas de hacerlo. Lo lamentable de esas elecciones, como habitualmente sucede en África, es que a esa mujer tan solo le sirvieron para estrenar una reluciente falda de diseño desconocido hasta entonces.

Una vez en el otro lado y dentro de las instalaciones de las cataratas, otra vez nos quedamos boquiabiertos con magia que desprendían. Desde aquí se puede subir hasta el lugar donde todavía son río y a modo de descanso, meter los pies en sus refrescantes aguas antes de continuar hasta la ciudad de Livinstong, que tan solo está a unos tres cuartos de hora en taxi.

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© Maite López Morell

Así que algunos del grupo decidimos continuar hasta Livinstone. De esa ciudad, a parte del intenso calor, de sus peculiares taxis, que parecía iban a desmontarse de un momento a otro, y de los estrechos callejones de su mercado, poco más llamó nuestra atención. Fue en mitad del laberinto urbano de su mercado, entre puestos de especias, ropa usada, zapatos y pescado, donde encontramos un comedor popular abarrotado de gente comiendo un guiso a base de sima (pasta blanca de maíz o similar bastante insípida) al que no pudimos resistirnos. La anécdota surgió cuando el taxista que nos llevaba de vuelta nos enseñó la postal que le envió una madrileña que conoció allí hacía unos cuatro años, la guardada en la guantera del coche como un tesoro y por su aspecto allí llevaba custodiada los cuatro años.

Cuando el taxista nos dejó en la frontera para pasar de nuevo a Zimbabwe hicimos la cola correspondiente esta vez sin lavado de manos, entregamos un papelito a modo de salvoconducto a un funcionario de la aduana, y nos subimos a uno de esos característicos motocarros que nos llevó a encontramos con el resto del grupo.

Desde luego el día resultó ser largo y condensado, como todos los que habíamos pasado desde que salimos de casa, por eso, para estirarlo un poco más, decidimos juntarnos para cenar y acabar de la mejor manera posible la que sería nuestra última noche en África. Y así lo hicimos, a ritmo de reage y de funky en uno de esos garitos tan fraternales que no aparecen en los clásicos catálogos para turistas aprensivos.

Continúa


 

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