Algo que no puede
descubrirse, no tiene descubridor. Las cataratas Mosi Oa Tunya,
bautizadas para occidente como Cataratas Victoria, fueron y son
parte del paisaje cotidiano de los habitantes de Zimbabwe, que
comparten con ellas su fuerza. De igual forma sucede con el río
Zambece donde el espíritu de sus antepasados permanece en forma
de serpiente, mitad en Zimbabwe y mitad en los ritmos de
Hamaíca.
Las cataratas deben
verse desde las dos perspectivas posibles, es decir desde
Zimbabwe y desde Zambia. Desde Zimbabwe hay que tomar la
carretera que sale del pueblo y andar unos 15 minutos a lo largo
de un trayecto que está repleto de paisanos haciendo su trabajo
o más bien intentando sobrevivir. Hay vendedores de figuras
talladas, porteadores de carros cargados hasta lo impensable y
conductores de triciclos para pasajeros, que por un módico
precio te acercan hasta la entrada.
Una vez dentro se
debe seguir el recorrido marcado para ver todas las cascadas.
Desde los balcones-mirador puedes asomarte y disfrutar de la
continua cortina de agua deslizándose por la extraplomada pared
de roca, en una caída que parece no tocar fondo. Algunas de
estas cortinas de agua dejan pasar la luz del sol polarizada y
forman extraordinarios arco iris, no dejando tiempo de reacción
al asombro. El paisaje es de tal intensidad que al admirarlo no
puedes pensar en nada más que no sea agua y color.
Al final de la
marcada senda los pasos se detienen frente a un cortado al que
asomarse y ver como se estrellan en el fondo las tremendas colas
de caballo, provocando el tremendo estruendo que generan las
toneladas de agua en su caída. Recuperada la horizontal y
mirando hacia el horizonte, la vista se pierde siguiendo el
serpenteo que describe el río, que no entiende de fronteras, en
su periplo acuático por la vecina Zambia.
Viendo el fluir de
las cataratas y su salto al vacío es fácil soñar con volar y
creértelo porque te dan la fuerza suficiente para hacerlo.
También imaginas como serán en la época de crecida, cuando
más agua arrastran. Si bien, conviene recordar que las grandes
presas construidas por el hombre restan volumen a su libre
caudal, de igual manera que algunos de estas proyectos han
provocado la desaparición tanto de formas de vida humana como
animal o vegetal.
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