A las seis de la
mañana del día siguiente y con legañas en los ojos, conocimos
a “Ojos de águila”, el que sería nuestro guía por el
Parque. Nos dijo que su visión era como la de un águila y que
nos mostraría un leopardo, que era el animal que nos faltaba
por ver. Pero resultó ser que los ojos de “Ojos de águila”
eran humanos y al final no consiguieron dar con él… A pesar
de lo cual, sus expresivos ojos negros y su experiencia nos
guiaron hacia tal variedad de animales, en un marco tan
fabuloso, que a todos o a casi todos nos sobró la silueta del
deseado leopardo.
Lo mejor del paseo
por el Parque fue cuando vimos a un grupo de leonas con sus
crías aproximarse a la orilla del río, a la espera de que una
manada de búfalos que pastaba en la orilla contraria cruzase
para atacarlos. Su mirada seria y dulce a la vez, contrastaba
con la mirada vivaz de las gallinas de guinea y con la serena
firmeza que mostraban las familias de elefantes africanos, que
pululaban por allí ajenos al posible desenlace.
Y así, con los ojos
más que despiertos regresamos al camping para refrescarnos en
la piscina y prepararnos para un paseo en lancha por el río.
Atardecía y pudimos observar como cantidad de animales se
despabilan a esas horas: entre ellos gran número de
hipopótamos y águilas pescadoras que observaban desde alguna
rama posibles presas. A la hora de regresar, afortunadamente, el
motor falló y gracias al contratiempo mecánico pudimos
disfrutar, una tarde más, de una enternecedora puesta de sol
para el recuerdo.
Parecía que el
tiempo no existiese en esta parte del mundo, ya que de igual
forma marcaba un ritmo lento y cansino que pasaba fugazmente
como un rayo. A lo mejor era porque resultaba ser tremendamente
intenso fruto de nuestro entusiasmo. Fuere lo que fuere, nuestra
intención era hacerlo todavía mas intenso. Subimos al camión
con esa idea y nos dirigimos hacia Zimbabwe donde el río
Zambece se trasforma en “Mosi Oa Tunya” (El humo que
truena), más conocido como las Cataratas Victoria...
Allí tuvimos que
despedirnos del camión, nuestra acogedora casa móvil, y de
nuestros entrañables compañeros de viaje, Benson y el
conductor, porque su trabajo había finalizado. A algunos se nos
hizo un nudo en la garganta. Difícilmente olvidaré los ratos y
las tertulias pasadas a su lado.
Continúa
