Tras dejar atrás los
buenos momentos vividos en el delta, de nuevo en el camión, nos
dirigimos a la ciudad de Maun, donde repondríamos provisiones:
agua, cerveza, chocolate... y haríamos noche. Convenía
descansar todo lo posible pues a la mañana siguiente nos
esperaba el trayecto más largo a lomos del camión, más de 600
Kilómetros de pista a través de Botswana hasta llegar al rio
Chobe.
…Y por fin llegamos
a Kasane, la ciudad donde está el Chobe Safari Lodge en el que
pasaríamos dos noches. La ciudad es grande, rebosante de gente
y con una temperatura muy alta. Mientras los encargados de
comprar todo lo necesario regresaban, intentamos encontrar
algún lugar donde prepararan café, pero fue imposible, así
que tuvimos que contentamos con unos roscos locales de harina
fritos, a la espera de que nuestro camión volviera a llenarse
de manjares. Al fin lo hizo y nos fuimos al camping a calmar el
estómago.
El camping, situado a
orillas del río, estaba abarrotado de viajeros, por lo que
tuvimos que desperdigamos para encontrar huecos en los que
montar las tiendas. Aunque, eso si, nuestro punto de encuentro
seguía siendo en torno al camión y al fuego. Una peculiaridad
de este camping es que los animales también acampaban y
campaban a sus anchas por todo su perímetro, de tal manera que
podías cruzarte con hipopótamos, cocodrilos, jabalíes o con
los traviesos monos que comían todo lo que les dabas o te
robaban.

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Nuestra pasión eran
los hipopótamos y allí estábamos frente a uno otra vez,
observando como curioseaba justo al lado del fuego donde nos
reuníamos a cenar. Le vimos durante la tarde como permanecía
quieto e inmenso dentro del agua, ignorando por completo
nuestras miradas y fotos. Pero llego la noche y seguíamos
allí, mirándolo cada vez más cerca y más cerca,
alumbrándolo con nuestras linternas sin hacer caso a Benson que
no paraba de decir que el hipopótamo es un animal “very, very
dangerous”.
Y, claro, ocurrió
que el hipopótamo se hartó de nuestros incordios y en menos de
un segundo salió de la orilla y se lanzó hacia nosotros “a
todo tren” y con cara de estar hasta sus anchas narices de
turistas pesados. ¡Sálvese quién pueda!... Soltamos cámaras
y linternas y en estampida cada uno se refugió donde pudo,
algunos en el camión y los que no llegamos en una cabaña de
madera que hacía las veces de bar… Allí resistimos sus
envites hasta que alguien ahuyento al, con toda razón, enojado
hipopótamo.
Tras el susto el
campamento había quedado desolado: sillas por los suelos,
linternas desperdigadas e incluso alguien perdió una zapatilla.
Una vez todos conseguimos reunirnos tras la estampida, la risa
fue tal que tuve agujetas en las mejillas de tanto reírme. Lo
cierto es que a veces nos empeñamos en querer saber más que
los propios animales y decidimos como tienen que actuar o
comportarse en cada momento para nosotros, sin comprender que
seguramente no son como nosotros pensamos que deberían ser.
Continúa
