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Sumario

Introducción
El Camión Comienza a Rodar
La Duna de la Muerte
Los Boabad...
Del Quicio del Mar a las Rocas Imposibles
El Lugar más viejo del mundo
Himbas y Hereros
Ante el Sagrado Ritmo del Cosmos
El Último aliento de un río diferente
Siete Pasos nada más
Hipopótamos y Turistas
"Ojos de Águila" y su cacería
Es allí, en el Bar de enfrente
Cuando Volar es posible sin alas
Camino de Zambia no olvides lavarte las manos
Guía Práctica
 

 

Otros Reportajes

Namibia
"...Donde la tierra se hace luz"
Textos y Fotos: Maite López Morell
 
 El Camión Comienza a Rodar
 
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© Maite López Morell

Aterrizamos en Whindoek, la capital de Namibia, que es una ciudad colonial con poco encanto. Aunque algunos la consideren un oasis, para mí resultó ser una modernidad fría y helada, salvando las distancias. Algo así como un gran centro comercial en mitad del cálido desierto. De cualquier manera, un lugar donde comenzar el viaje y realizar las compras de última hora.

Después de dos días deseando comenzar a rodar, salimos de Whindoek con dirección al desierto de Namib Naukluft, la mayor reserva natural de Africa y la cuarta del planeta en cuanto a tamaño. Quizá haya sido la falta de recursos naturales explotables y la carencia de asentamientos humanos lo que ha preservado intacta esta porción de planeta todavía ajena al deterioro de otras zonas de África. Nos permitía a cada paso, compartir espacio con una naturaleza diferente y ser espectadores de vanguardia en cada uno de sus amaneceres.

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© Maite López Morell

A lo largo del camino, me llamó la atención la existencia de alambradas que limitan espacios de tierra que parecen no tener fin, eran los terrenos de las granjas de la zona. Estas vayas intentan impedir la entrada de animales salvajes en su demarcación, aunque lo más probable es que no sea sólo el paso de animales lo que quieran impedir, porque realmente en esta primera parte del viaje quedó patente que Africa sigue “padeciendo el poder de los blancos”.

Conforme ganábamos distancia al sur el paisaje se tornaba más severo. Llanuras pedregosas y lomas escarpadas delataban las señas de identidad de uno de los lugares más fascinantes y luminosos del planeta: El desierto de Namib.

El desierto es algo que hay de intentar sentir desde una perspectiva de vida, no es un espacio muerto donde no haya nada más que de arena, el desierto tiene sonido, aroma, vegetación... Y es justo es en esta época del año cuando los pocos árboles existentes comienzan a cubrirse de hojas y animales que lo convierten en su hogar. Subirse a una duna y sentarse, observar y escuchar, es descubrir una nueva percepción del espacio-tiempo.

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© Maite López Morell

Al fin llegamos a la zona de acampada de Sesriem. A la sombra de una vieja acacia “espina de camello” y al abrigo de dunas y lomas pedregosas nos instalamos. Justo terminamos de montar las tiendas coincidiendo con los últimos rayos de sol y quizá no viéramos ningún “rayo verde”, pero el juego de luces y tonalidades que iban mutando del naranja al rojo y del rojo al fucsia, nos hicieron olvidar por completo las largas horas de camión. El cielo cambió, la tierra giró y con ella se llevó al sol dando paso a un cada vez más negro firmamento estrellado. Este sería el primero de los maravillosos atardeceres africanos a los que, a modo de función, no dejamos de asistir fieles atardecer tras atardecer.

De madrugada nos dirigimos a Sossusvlei y pudimos disfrutar de un espectacular mar de dunas, y de los mil y un cambios de color que danzaban sobre ellas justo después de la salida del sol. Será inevitable subirse a alguna de ellas por su empinado espinazo hundiéndose en la arena para, una vez recuperado el aliento, ser recompensado al mirar desde lo más alto el singular oleaje inerte que llega hasta el mismo horizonte. Debido a lo concurrido de este lugar, en ocasiones, hay de tener en cuenta que además de la famosa “duna 45”, que parece más un paseo marítimo por el transito de gente que desfila por ella, puedes elegir como faro vigía a cualquiera de las mil que se levantan a su alrededor, estará menos poblada de turistas y podrás disfrutar mucho más del dulce paseo.

Continúa


 

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