Aterrizamos en
Whindoek, la capital de Namibia, que es una ciudad colonial con
poco encanto. Aunque algunos la consideren un oasis, para mí
resultó ser una modernidad fría y helada, salvando las
distancias. Algo así como un gran centro comercial en mitad del
cálido desierto. De cualquier manera, un lugar donde comenzar
el viaje y realizar las compras de última hora.
Después de dos días
deseando comenzar a rodar, salimos de Whindoek con dirección al
desierto de Namib Naukluft, la mayor reserva natural de Africa y
la cuarta del planeta en cuanto a tamaño. Quizá haya sido la
falta de recursos naturales explotables y la carencia de
asentamientos humanos lo que ha preservado intacta esta porción
de planeta todavía ajena al deterioro de otras zonas de
África. Nos permitía a cada paso, compartir espacio con una
naturaleza diferente y ser espectadores de vanguardia en cada
uno de sus amaneceres.
A lo largo del
camino, me llamó la atención la existencia de alambradas que
limitan espacios de tierra que parecen no tener fin, eran los
terrenos de las granjas de la zona. Estas vayas intentan impedir
la entrada de animales salvajes en su demarcación, aunque lo
más probable es que no sea sólo el paso de animales lo que
quieran impedir, porque realmente en esta primera parte del
viaje quedó patente que Africa sigue “padeciendo el poder de
los blancos”.
Conforme ganábamos
distancia al sur el paisaje se tornaba más severo. Llanuras
pedregosas y lomas escarpadas delataban las señas de identidad
de uno de los lugares más fascinantes y luminosos del planeta:
El desierto de Namib.
El desierto es algo
que hay de intentar sentir desde una perspectiva de vida, no es
un espacio muerto donde no haya nada más que de arena, el
desierto tiene sonido, aroma, vegetación... Y es justo es en
esta época del año cuando los pocos árboles existentes
comienzan a cubrirse de hojas y animales que lo convierten en su
hogar. Subirse a una duna y sentarse, observar y escuchar, es
descubrir una nueva percepción del espacio-tiempo.

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Al fin llegamos a la
zona de acampada de Sesriem. A la sombra de una vieja acacia “espina
de camello” y al abrigo de dunas y lomas pedregosas nos
instalamos. Justo terminamos de montar las tiendas coincidiendo
con los últimos rayos de sol y quizá no viéramos ningún “rayo
verde”, pero el juego de luces y tonalidades que iban mutando
del naranja al rojo y del rojo al fucsia, nos hicieron olvidar
por completo las largas horas de camión. El cielo cambió, la
tierra giró y con ella se llevó al sol dando paso a un cada
vez más negro firmamento estrellado. Este sería el primero de
los maravillosos atardeceres africanos a los que, a modo de
función, no dejamos de asistir fieles atardecer tras atardecer.
De madrugada nos
dirigimos a Sossusvlei y pudimos disfrutar de un espectacular
mar de dunas, y de los mil y un cambios de color que danzaban
sobre ellas justo después de la salida del sol. Será
inevitable subirse a alguna de ellas por su empinado espinazo
hundiéndose en la arena para, una vez recuperado el aliento,
ser recompensado al mirar desde lo más alto el singular oleaje
inerte que llega hasta el mismo horizonte. Debido a lo
concurrido de este lugar, en ocasiones, hay de tener en cuenta
que además de la famosa “duna 45”, que parece más un paseo
marítimo por el transito de gente que desfila por ella, puedes
elegir como faro vigía a cualquiera de las mil que se levantan
a su alrededor, estará menos poblada de turistas y podrás
disfrutar mucho más del dulce paseo.
Continúa
