Buscando
información sobre lo que iba a encontrarme durante mi viaje,
conocí que su origen arranca en los muros protectores de
algunos de los estados nobles, que pretendían tanto protegerse
con ellos de los ataques de las tribus barbaras
como sentar los límites de sus propios territorios frente a los
demás. El unificador del imperio, Shihuangdi, de la Dinastía
Quin (II siglos a.C.) hizo unir estos diferentes muros hasta
conseguir una muralla larga y continuada, compuesta de tierra
apisonada y reforzada con piedras. Más adelante, este
terraplén delimitador fue transformado, bajo la Dinastía Ming,
en una auténtica muralla de defensa.
 |
Su
construcción, la más gigantesca del mundo, seguirá siendo
poco más que el símbolo de un poder imperial y de la llamada
supremacía civilizadora china pues, este muro, jamás
consiguió ser, en los más de dos mil años de su historia, una
defensa efectiva y real para el imperio, frente a las
incursiones de los pueblos nómadas que acudían cabalgando
desde las estepas de Asia Central.
Sin
embargo, curiosamente, lo que sí que desempeño fue un
importante papel como medio de comunicación de larga distancia.
Los torreones que se levantan a lo largo de ella son estupendos
minaretes e idóneos lugares para realizar, por ejemplo,
señales de humo o lumínicas.
Finalmente
fueron cuatro meses de recorrido, viendo como cambiaba su forma
y los terrenos por los que discurría, los que me dieron una
visión de conjunto, algo muy lejano de la información que
ofrecen los catálogos de viaje...
Continúa
