Más preocupados de
la ubicación de nuestros pies que de la impresionante
panorámica, llegamos por fin a la cima. Abrazados, más por
mantenernos en píe que por la alegría del momento, nos hacemos
un par de fotos a penas sin mediar palabra.
Es curioso comprobar
que esta mañana empezamos a un palmo del agua y ahora, aquí
arriba, también estamos rodeados por ella, aunque en estado
sólido. Qué lejos queda ahora la playa con sus 20 graditos
soleados. Que pena no haber traído un termómetro para
comprobar la diferencia de temperatura. La fuerza del viento,
además, hace que la sensación térmica sea considerablemente
baja, tan baja que el agua del bidón de la bici parece hielo
picado.
Haciendo números,
hemos salvado el mayor desnivel posible en la Península
Ibérica, de 0 metros a 3.482 metros en un recorrido de unos 80
kilómetros encontrando una diferencia térmica, estimada “a
pelo” de unos 25º/30º C. Parece que una vez más el deseo ha
ganado a la cordura, aunque de haberlo sabido habríamos traído
más ropa pues como dice el título de la película “Las
bicicletas son para el verano”.
Nos resguardamos del
viento tras unas rocas, dos fotos más, y huimos hacia abajo
perseguidos por el gélido viento. Si difícil fue subir, bajar
en zapatillas con la bici a cuestas y saltando de piedra en
piedra para no patinar y llegar demasiado rápido abajo, supone
todo un ejercicio de equilibrio circense. Por qué no
vendríamos en agosto… nos preguntábamos a cada resbalón.
Pasándonos la bici
en las zonas complicadas y algún que otro culetazo, volvemos a
la pista. La avanzada hora de la tarde hace la temperatura esté
cayendo en picado. Comenzamos el descenso con una idea fija:
abrazarnos al primer radiador que pillemos. A pesar de los dos
pares de guantes que llevamos, frenar con este frío es un
auténtico problema, los dedos duelen intensamente y tenemos que
hacer alguna parada para que entren en calor. Por si fuera poco,
la niebla ha regresado y con la condensación se han congelado
las zapatas de freno.
Tras la interminable
bajada y no pocas paradas, llegamos con las últimas luces a
Capileira. El agua caliente de la ducha junto con la super cena
alpujarreña que nos metemos entre pecho y espalda, hace que
lentamente regresemos al reino de las sensaciones cálidas y
disfrutemos plenamente de la experiencia vivida.
-…Juanjo, ¿te
hacen unos vinitos?
-… ¡No fastidies, que mañana tenemos que bajar a por el
coche a Salobreña en bici!
Continúa