Llegamos a
Granada y bordeamos todo el macizo de Sierra Nevada hasta llegar
a Capilerira en pleno corazón de la Alpujarra, donde hemos
decidido instalar la sede de nuestra aventurada empresa.
Parece que
el hombre del tiempo se lo ha tomado en serio, comienza a
llover. ¡Empezamos bien! Al día siguiente sigue lloviendo.
Toda la mañana, toda la tarde y toda la noche. En fin, debido a
la situación tan poco favorable para la práctica deportiva, no
queda más alternativa que dedicarnos a la ardua tarea de ir en
peregrinación de tasco en tasco, por eso de integrarnos en el
entorno, tomando buenos chatos de vino y sabrosos tacos de
jamón curado a la brisa de las nieves del Mulhacén. Dos
complementos gastronómicos que han dado y dan fama
internacional a la Alpujarra, junto con su artesanía, entorno
natural y calidad humana de sus gentes.
Sin duda,
este vino es la mejor preparación psicológica para cualquier
desafío por imposible que parezca. Aunque… físicamente hace
que volver al hostal, calle abajo, suponga todo un ataque
frontal contra la ley de la gravedad, y toda una aventura
introducir la llave en la cerradura de la habitación.
Muy de
mañana, el despertador golpea sin tregua nuestra doloridas
neuronas hasta que un movimiento certero lo inutiliza. Nos
acercamos a la ventana y… sorpresa, el día amane despejado.
El sol empuja las primeras sombras y, salvo algunas nubes
dispersas, el horizonte hacia la costa se ve raso.
Manos a la
obra, un copioso desayuno y recogemos todo lo necesario, comida,
agua y ropa. Todo al coche y rumbo a la playa. Juanjo comenta
que se ha olvidado el flotador de patito y el bañador de
rallas. Yo, aún estoy intentando quitarme la resaca de anoche
cuando llegamos a Salobreña.
Descargamos
las bicis, más fotos a las orilla del mar y salimos de este
típico pueblo marinero asentado en sus orígenes sobre el
peñón, en cuyo alto su castillo fue lugar de oteo y de recreo
para reyes musulmanes.
El mercurio
supera los 20º C. Esta buena temperatura nos ayuda a
desentumecer los músculos mientras rodamos entre fértiles
regas, en las que abundan geométricos cultivos tropicales.
Estos primeros kilómetros prácticamente llanos nos llevan a
cruzar un estrecho y profundo desfiladero que el cauce del Río
Gudalfeo ha moldeado a su gusto, ensanchándose más adelante
hasta formar un amplio y verde valle, donde en pequeños huertos
se cultivan cereales, frutas y hortalizas. A la derecha, la
Sierra de Lujar, extremo este de la sierra de la Contraviesa,
hace que el poco viento que sopla nos empuje por detrás
haciendo más fácil la marcha.
Continúa