De nuevo, en medio de la
gran cordillera del Atlas y, de nuevo, el verdor. Los pinos dan
paso poco a poco a un hermosísimo y eterno bosque de inmensos
cedros. ¡Comienza a refrescar! El guía nos indica que nos
acercamos a las únicas pistas de esquí del país. De pronto,
como si de un truco de magia se tratase, el autobús toma una
curva y, al otro lado, Ifrane, "la Suiza marroquí".
Ciudad verde, montañosa, pulcra, rica, salpicada de chalets de
estilo nórdico, su aspecto absolutamente occidental nos deja
boquiabiertos.
En Ifrane, las chilabas y
los kaftanes han sido sustituidos por ropa europea de marca. No
nos sorprendería ver a Heidi bajar corriendo por la ladera de
alguna de las montañas que nos rodean. Los marroquíes más
adinerados tienen aquí su chalet, del que disfrutan en ciertas
épocas del año: en verano, por sus suaves temperaturas o en
invierno, para disfrutar de la nieve. Este Marruecos también
existe.
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