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Sumario

Introducción
Comienza el Viaje
Un poco de historia
El Marruecos actual
Marrakech
Fez
Meknes
Cascadas de Ouzoud
Casablanca y Rabat
Ifrane

Guía Práctica

 

 

Otros Reportajes

Marruecos
El Vecino Desconocido
Por Gloria Villoria Prieto  
 
 Casablanca y Rabat
 

Los centros económico y administrativo de Marruecos miran al mar. El Atlántico baña a la dos ciudades, pero es Casablanca la que mejor partido obtiene de él. Lo utiliza como reclamo turístico, como medio de comunicación y como fuente de riqueza, a través de la pesca (tendrán oportunidad de comprobarlo quienes visiten el pestilente puerto). Casablanca en poco recuerda a una típica ciudad marroquí. Podemos dividirla en tres partes: la zona residencial, el centro administrativo, con altos edificios y anchas avenidas trufadas de plazas pobladas de palomas, y lo que se ha convertido en un Torremolinos pujante, al lado del mar.

En este "Torremolinos" no falta de nada: en primera línea de playa, una hilera de hoteles muy a la europea ; un paseo marítimo lleno de chiringuitos y terrazas veraniegas donde el bullicio se prolonga hasta bien entrada la madrugada, pizzerías, MacDonald´s... hasta un restaurante español y otro donde un letrero grande anuncia "paella". Me habría gustado saber cómo preparan en Marruecos un plato tan español. Por la mañana visitamos la mayor mezquita del mundo, a excepción de la de La Meca, que nadie osará nunca superar en ningún sentido. Se trata de la exorbitante mezquita de Hassan II. Todo lo que se refiere a ella alcanza límites astronómicos : su descomunal tamaño, su lujosa decoración interna y externa, el coste de su construcción, que aún hoy se está sufragando.

Lo que resulta innegable es su gran belleza exterior, mármol blanco, verde, crema, puertas doradas, maderas nobles. Quienes han visto su interior, aseguran que es asombroso, el lujo oriental llevado al extremo. La mala suerte hizo que nuestra visita a la mezquita fuese en viernes, día en el que los musulmanes acuden a rezar al templo de forma colectiva, el equivalente al domingo cristiano. Ésta es la única jornada en la que los no musulmanes tienen el acceso prohibido a las mezquitas. Aun así, mirando al mar nos consoló saber que nos habíamos ahorrado las 1.600 de la entrada al templo. La belleza exterior nos había satisfecho suficientemente.

De modo que dejamos, contentos, el desafío arquitectónico de una mezquita que, en dos tercios de su extensión, está construida sobre el mar. Sólo la cafetería de un céntrico hotel nos recuerda a la película que inmortalizó su nombre: Casablanca. Los habitantes de la ciudad no han querido o no han sabido aprovechar el tirón turístico que eso les proporcionaría. Rabat, la capital de Marruecos, es su centro administrativo. Sede del gobierno, hogar del rey. La visita al mausoleo de Mohamed V y Hassan II es inevitable. Guardado por guardias a caballo, enfundados en sus mejores galas militares, permanece abierto dieciséis horas al día.

En su extremadamente lujoso interior de mármoles, la pulcritud. En un rincón, una alfombra gruesa sobre la que se sientan hombres que, en turnos de cuatro horas, leerán pasajes del Corán día tras día.
Este lugar es cita tanto de turistas como de marroquíes que, con veneración, quieren rendir homenaje a sus dos últimos soberanos. Ante esta visión, una mueca de disgusto se dibuja en mi cara; una religión que pide austeridad en las tumbas y ausencia de jerarquías ve con buenos ojos algo así. Al lado del mausoleo encontramos una gran explanada poblada de columnas y, junto a ella, mirando al mar, lo que parece un antiquísimo faro.

Todo el conjunto se trata de los restos de una mezquita. El falso faro, llamado Torre de Hassan II, no es más que el minarete del, en otros tiempos, esplendoroso templo. Nuestra siguiente parada es la kasbah de los Ouadayas, que a todos nos evoca un genuino pueblo andaluz, con estrechas calles de casas bajas encaladas. Aquí nos sorprende la llamada a la oración. Sin embargo, ningún nativo se inmuta. Nadie interrumpe su tarea. Otro signo más de que el Islamismo marroquí, salvo excepciones, es cada vez más heterodoxo y permisivo. Las costumbres se van relajando con el tiempo. Desde la kasbah, que, como es habitual, está en un alto, vemos una concurrida playa en la que, eso sí, los bañadores masculinos ganan por abrumadora mayoría a los femeninos.

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