El autobús se adentra en la
cordillera del Atlas y, lo que era un paisaje muy similar al de
las provincias andaluzas de Sevilla o Jaén, se transforma en un
terreno montañoso lleno de curvas y verdor. Bosques de pinos
van más allá de lo que la vista puede abarcar y la carretera
continúa su camino ascendente. El calor no es ya tan sofocante,
el ambiente se atempera y la humedad aparece por primera vez.
Tras un largo viaje, el autobús se detiene en un llano. Ante
nosotros, sólo dos modestos hotelitos. Sin embargo, presiento
que, una vez más, el tesoro está escondido. Así es, un camino
de tierra y piedras desciende, a la derecha del primer hotel,
hacia lo desconocido.
Comenzamos a bajar y un puñado de
puestecillos adornan un flanco del sendero. La mayoría de los
vendedores son chicos jóvenes con ganas de hablar. Los niños
nos miran con curiosidad y con la esperanza de que caiga en sus
manos algún caramelo. De pronto, el hormigón sustituye a la
tierra e infinitas escaleras inician una bajada en zigzag
más pronunciada ahora. Cientos, miles, millones de escalones en
medio de una espesura casi selvática. El rumor del agua llega
débilmente hasta nosotros, que nos cruzamos con varios grupitos
de chicos con sus toallas, que regresan mojados del fondo del
abismo de rocas y árboles. Todos nos saludan y, algunos de los
que lo hacen con mayor efusividad, llevan en su aliento una
culpa, han desafiado uno de los preceptos del Islam: aquel que
impide beber alcohol.
En naciones como Arabia Saudí les
esperaría un duro castigo. Después de 455 escalones, que una
paciente turista se molestó en contar, Marruecos nos sorprende
una vez más: estamos en las cataratas de Ouzoud. Mientras en
las rocas un par de monos van de un lado a otro, el agua cae
ininterrumpidamente por un barranco muy por encima de nosotros.
Abajo, una docena de muchachos se bañan ; en ese momento, todos
echamos en falta el bañador. El arco iris hace acto de
presencia y todos pensamos, influenciados por los tópicos, que
el paisaje parece extraído de cualquier país centroafricano,
no de Marruecos. Pues sí, estamos en medio del que algunos
creen que se trata de un gran desierto salpicado de una cuantas
palmeras.
Le preguntamos al guía si el Rif se
parece a esto y, negando con la cabeza mientras esboza una
irónica sonrisa, nos cuenta que su exuberancia es mucho mayor.
Vaya, vaya con el secarral norteafricano. Dejamos que el agua
pulverizada nos salpique unos minutos y seguimos bajando. A unos
cien metros de las cascadas, disfrutamos de la onírica visión
de la cortina de agua mientras en una insospechada cafetería
saboreamos el ya habitual té a la menta. El paraíso debe
parecerse a Ouzoud.
Continua... >