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Fez
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Cascadas de Ouzoud
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Guía Práctica

 

 

Otros Reportajes

Marruecos
El Vecino Desconocido
Por Gloria Villoria Prieto
 
 Fez
 

Al norte de Marruecos, no muy lejos de la España andaluza. En la región de las mesetas calcáreas del Atlas Medio, a orillas del oued (río) Fez. Fundada en el año 808 como ciudad universitaria y religiosa, centro intelectual y espiritual.

Al llegar a Fez, la ciudad azul, color característico de sus construcciones, nos damos cuenta de que ésta es una ciudad mucho más próspera y occidentalizada que Marrakech. Lo primero que lo delata es la casi total ausencia de burros en las calles, algo impensable en la ciudad de las palmeras. El centro tiene el mismo aspecto que muchas urbes españolas, con avenidas anchas, ajardinadas, cuidadas, flanqueadas por edificios de varias alturas. Se ven pocas mujeres cubiertas, todo parece mucho más cosmopolita; nos sentimos casi como en casa.

Me doy cuenta de que el guía no llama a la ciudad Fez, sino Fes y los carteles en árabe me confirman que éste es su verdadero nombre, así que me propongo no volver a emplear la errónea nomenclatura española. En la ciudad que le da nombre al típico gorro marroquí, rojo, con una borla negra en la parte superior y de forma cilíndrica, nos reserva una sorpresa de intensidad similar a Yemá-l-Fná: su antigua medina. Imaginen el entramado de callejuelas más formidable que conozcan y ahora hagan un simple ejercicio matemático: multipliquen las dimensiones de ese laberinto por mil, dividan entre dos, o incluso tres, el ancho de sus calles y, por último, eleven a la máxima potencia la intensidad de sus olores y de su tráfico de personas y animales; eso es la medina de Fes.

Aunque ninguno de sus desvencijados edificios sobrepasa los dos pisos, el sol no se llega a ver, tal es la angostura de las calles. La medina se trata del mayor centro comercial de artesanía que hayan visto nunca. Cada zona pertenece a un gremio y cualquier cosa que busquemos, si se puede hacer con las manos, la encontraremos en alguna de sus centenares de tiendecitas. Callejones sin salida, pasadizos, calles que son túneles, pasillos de no más de medio metro, minúsculas escaleras sin fin. No imagino peor oficio que ser cartero en la medina.

Caballos, y sobre todo burros, son los reyes aquí, puesto que el tránsito de coches es, literalmente, imposible. Estos animales tienen preferencia sobre las personas, que deben hacerse a un lado a su paso; al fin y al cabo, están trabajando. No es extraño que, al pasar a nuestro lado, el lomo del animal nos roce, aunque estemos tan pegados a la mugrienta pared como un sello a su carta. Pero de nuevo la fascinación árabe vuelve a aparecer: la belleza se esconde tras un velo o una rudimentaria pared, dentro de muchos de los ruinosos edificios podemos encontrar opulentos palacios o exquisitas mezquitas, todo tal como recordamos que alguna vez fue en nuestra al-Andalus : fuentes, murmullos de agua, mármoles, vistosos azulejos, arcos de herradura, mocárabes...todo ello en patios llenos de luz y, con un poco de suerte, inundados por el embriagador aroma del jazmín o el azahar.

Espejos, marroquinería, perfumes, gallinas, palomas, platería, oro, babuchas, sandalias, chadores, chilabas, tambores, verduras, frutas, alfarería, cerámica, forjados, hierbas (nada ilegal), especias,
retratos del rey, cereales, libros, cristalerías y todo lo imaginable, todo, está aquí. Madrasas, mezquitas y palacios crean de nuevo el contraste, una constante en Marruecos. No se debe intentar visitar la medina de Fes si no es en compañía de un guía. La orientación se hace imposible y perderse es muy sencillo. No hay referencias ni calles anchas.

Es frecuente que sus propios habitantes se pierdan y se han dado muchos casos de turistas que, confiando demasiado en sí mismos, se han lanzado solos o en parejas a sus calles y, de forma irremediable, se han perdido. Gracias a la ayuda de quienes conocen bien la medina, han logrado llegar hasta un taxi o una cabina. Por sí mismos no habrían podido salir. La dificultad no reside tanto en la extensión, que es monstruosa, como en el caos y la anarquía urbanística. De modo que, por favor, ni lo intenten.

Salimos de la medina y, en la ciudad moderna, parece que hemos viajado en el tiempo. Los burros han desaparecido dando paso a los coches, calles anchas, cielo abierto, aire respirable ; no puede ser que un quilómetro más allá el hervidero de la medina sobreviva al paso de los siglos. Un contraste más que añadir a nuestra cada vez más abultada lista. Fes me conquista ; el equilibrio entre Oriente y Occidente. Cuando el uno cansa, se puede huir al otro, a cinco minutos en coche, y viceversa.

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