Entre el Atlántico y el
Mediterráneo, al pie del Alto Atlas, en la llanura de Haouz, a
orillas de un afluente del río Tensift. Construida en el
interior de un gran palmeral. Fundada entre el 1071 y el 1072
después de Cristo como capital imperial.
Es la ciudad más genuinamente marroquí, la que más se
aproxima a nuestras expectativas. Se la conoce como "la
ciudad de los cuatro colores": el rojo propio de sus
construcciones, el verde de las palmeras, el azul de un cielo
que rara vez presenta su verdadero color, escondido, como muchas
mujeres, bajo un velo amarronado de polvo y arena del sáhara; y
el blanco de la nieve que en invierno cubre las cumbres del
cercano Atlas, a sólo 60 quilómetros hacia el sur.
Marrakech, con algo más de
un millón de habitantes, se ubica en una extensa llanura que
muere a los pies del Atlas. Por ello, cuando nuestro avión la
sobrevuela, la oscuridad de la noche nos permite ver una enorme
superficie de pálidas farolas que se pierden en el horizonte.
Esto se debe a que, como cabe esperar en cualquier país
musulmán, la mayoría de las viviendas no superan los dos pisos
de altura, por lo que la ciudad adquiere dimensiones
descomunales. El número de familias que puede acoger un
edificio de una ciudad europea, llegan a suponer varias manzanas
de construcciones aquí, en Marruecos.
Sólo hay un tipo muy
específico de construcciones en estas ciudades musulmanas que,
por su altura, destacan notablemente sobre el resto y sirven de
referencia al viajero: los alminares o minaretes de las
mezquitas: torres utilizadas por el almuédano para llamar a la
oración y símbolo de unión entre la tierra y el cielo; su
función y simbología es casi idéntica a la de los campanarios
de las iglesias católicas. No nos debe preocupar perdernos en
Marrakech; podemos dejar el engorroso mapa ,imposible de doblar,
en el hotel y entregarnos al placer de caminar libres; incluso,
permitirnos el lujo de perdernos.
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La Koutubia será nuestra
mejor brújula. Este alminar, visita obligada, es lo único que
queda de una antigua mezquita. De planta cuadrada y una
decoración en cerámica verde y blanca en la parte superior, la
Koutubia nos recuerda inmediatamente a la Giralda sevillana; es
más, se dice que es su "hermana" marroquí. Su
sencillez y su armonía hacen de ella el monumento más
emblemático de la ciudad.
Ya que estamos cerca,
podemos dar un breve paseo desde la Koutubia hasta la Mamounia,
uno de los hoteles más lujosos del mundo. Siguiendo la
filosofía árabe musulmana, todo lo bello se esconde bajo un
aspecto austero y discreto que no hace sospechar las maravillas
que contiene. Así es este hotel: un sencillo edificio en su
exterior y todo un derroche del consabido lujo oriental, que nos
puede transportar a los palacios de la época dorada de las
dinastías árabes, por dentro. El precio de la Mamounia es
prohibitivo, pero podemos entrar con absoluta tranquilidad,
hacer fotos incluso y no veremos ninguna mala cara. Esto del
"hotel-museo" no me resulta nuevo : el Plaza de Nueva
York recibe cada día a decenas de curiosos que se quedan
boquiabiertos ante el lujo que hallan a su alrededor.
En la calle nos espera el
plato fuerte: un microcosmos en medio de la ciudad, la plaza de
Yemá-l-Fná. Declarada por la UNESCO patrimonio oral de la
humanidad, Yemá-l-Fná arrebató y arrebata a intelectuales y
artistas como Juan Goytisolo, al que se puede ver a la mesa de
alguna de las muchas terrazas que rodean la plaza, quizá con un
té verde, el "whisky marroquí", en la mano. Después
de habernos sentido protagonistas de un cuento de hadas en la
Mamounia, aquí podemos sentirnos protagonistas de un relato de Las
mil y una noches: encantadores de serpientes, domesticadores
de monos, aguadores, escribientes, mujeres con los rostros
cubiertos que tatúan con henna, mendigos de chilaba y babuchas,
cuentacuentos, vendedores de hierbas y mejunjes supuestamente
medicinales...
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Rodeando a todos estos
personajes, decenas de puestos en los que se puede tomar un
riquísimo y refrescante zumo de naranja por sólo 40 pesetas.
Este pequeño mundo se prolonga a lo largo de las abigarradas y
retorcidas callejuelas que, como hormigueros, salen de la plaza,
o llegan a ella, vomitando o engullendo personas, turistas y
marroquíes, todos mezclados. A pesar del río humano, en
ningún momento tengo una mínima sensación de peligro; sé que
nadie me va a hacer daño y las únicas precauciones que debo
tomar son las propias de cualquier lugar muy concurrido.
En esta laberíntica medina,
un olor intenso, cálido, mareante, abrumador, casi material,
anula el resto de mis sentidos: innumerables especias, algunas
conocidas y la mayoría extrañas; perfumes, cosméticos, cuero,
frutos secos, infusiones, incienso... la pituitaria se vuelve
loca y no puede abarcarlo. Todos los olores se unen para dar
lugar a un sólo aroma penetrante, inconfundible. Por mi cabeza
cruza una idea absurda: en algún recóndito lugar del desierto
tiene que haber una fábrica en la que producen un potente
ambientador con este olor. Y en los países árabes deben
comprarlo masivamente; después, lo aplican en los zocos y
consiguen el insólito efecto: si cierro los ojos, podría decir
que estoy al mismo tiempo en un zoco egipcio, tunecino, iraní,
marroquí; todos con el mismo característico olor, entre lo
fétido y lo agradablemente perfumado, entre lo místico y lo
nauseabundo.
Los vendedores nos reclaman
desde la puerta de sus minúsculas y barrocas tiendecillas. No
es difícil que, aunque no hayamos abierto la boca, averigüen
al instante nuestra nacionalidad, haciendo uso de ese inusual
sexto sentido o de una sobrenatural capacidad de observación.
Tratarán de captar nuestra atención con frases como Más
barato que en Pryca, Hala Madrid, Viva España. Una advertencia:
las relaciones comerciales difieren mucho de lo que conocemos y,
si tocamos cualquier objeto a la venta, aunque no nos interese
mucho, estamos perdidos: se nos echarán encima con una
paciencia y una vehemencia sorprendentes. Aquí el regateo es el
deporte nacional. Todo es regateable, excepto lo que se ofrece
en cafeterías, restaurantes, tiendas de hoteles y
establecimientos de alto estandin. Los precios están
abultadísimos y conseguir un buen negocio dependerá de nuestra
destreza en el regateo.
Bien, son las siete de la
tarde y debemos volver a la plaza, puede que a hacernos un
bonito tatuaje de henna. ¡Pero qué ha pasado ! La plaza parece
otra. Como de la nada, han surgido decenas de pequeños
restaurantes portátiles alrededor de los que más nativos que
turistas se han sentado para comer alguno de los muchos platos
que, a muy buen precio, se ofrecen: pinchos morunos, pollo con
curry, cabezas de cordero asadas (una verdadera delicatessen
nacional), una apetitosa sopa de legumbres, pescado frito,
platos desconocidos... De nuevo, en medio de la neblina
originada por el humo de las frituras, la nariz se pone a
trabajar frenéticamente. El olor invita a comer y nos sentamos
al lado de los marroquíes que, sonrientes, nos hacen un sitio
y, libres de prejuicios, disfrutamos de una cena en la que el
sentido del gusto también se revoluciona con los nuevos sabores
de especias y productos novedosos. Quedamos hartos por una
cantidad ridícula.
Como postre, nos tomamos un
riquísimo té a la menta en el ático de una cafetería, desde
donde contemplamos la marea humana que no para y llena todo el
espacio. Finalmente, regresaremos al hotel en un petit taxi al
que, naturalmente, regatearemos la carrera. Quince dirhams (unas
250 pesetas) está bien. En cualquier ciudad marroquí hay dos
tipos de taxis: el petit taxi, que acepta un máximo de tres
personas y sólo ofrece sus servicios dentro de la ciudad y el
grand taxi, interurbano, de la marca Mercedes, con capacidad
máxima para seis personas.
Pero esto no es todo lo que
puede ofrecernos Marrakech. Debemos visitar los jardines de La
Menara, una gran extensión de árboles frutales y olivos en
cuyo interior encontramos una histórica laguna presidida por un
armonioso edificio de tejado piramidal con el color verde del
Islam. En la laguna, las carpas nos harán pasar un buen rato. A
continuación, el palmeral, cuajado de lujosos chalets y
hoteles,
además de una exclusiva urbanización con campo de golf,
alrededor de la que vagabundean niños descalzos que venden
figuritas elaboradas con palmas secas a cambio de lo que sea; la
riqueza y la pobreza son vecinas: un nuevo contraste. Hemos
hecho las visitas ineludibles de Marrakech; el resto, deben
descubrirlo los viajeros. Decimos adiós a la "rosa entre
las palmeras".
Continua... >