Cinco días después de la
muerte de su padre, Mohamed VI fue proclamado nuevo rey de
Marruecos. Hombre joven y educado durante varios años en
Occidente, cuenta con el afecto y el apoyo de la monarquía
española. Muy preocupado por la erradicación de un
analfabetismo que alcanza a más de un 50 por ciento de la
población, por el fomento de la educación universitaria y por
la promoción de la mujer, objetivos sin los que sabe que no
podrá conseguir el más importante, el crecimiento económico,
se le llama el "rey del pueblo" o "rey del
cambio".
Sin embargo, su supuesto
afán por democratizar y modernizar Marruecos no ha cambiado el
hecho de que, como su padre, continúe siendo un señor feudal,
líder espiritual de la nación, mientras la pobreza alcanza a
la mayoría de sus súbditos. Ni tan cercano al pueblo ni tan
demócrata, el cambio que prometió no llega. Sólo pequeños
detalles advierten insignificantes progresos que apenas mejoran
la calidad de vida de los marroquíes.
Primero visitamos el
Marruecos histórico, el Marruecos imperial: Marrakech, Fez y
Meknes. Más tarde, nos escapamos del ambiente urbano,
polvoriento y llano; nos refrescamos en las cascadas de Ouzoud,
un tesoro bien escondido en el interior del Atlas. Casablanca y
Rabat, el Marruecos económico y administrativo, nos esperan
después. Por último, una gran sorpresa, algo que ningún
viajero espera encontrar: Ifrane, la Suiza marroquí.
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