Me gustan los aeropuertos.
Son como pequeños universos de cristal y hormigón, universos
cambiantes de habitantes circunstanciales, hormigueros de gentes
de todas partes que se dirigen a cualquier lugar. Personas que,
tras un vuelo de doce horas, pueden pasar de Madrid a Buenos
Aires, de Barajas a Ezeiza, del verano al invierno austral.
El aeropuerto de Madrid
rebosaba de actividad en la tarde del primer día de julio.
Después de un retraso de algo más de una hora y alguna
lagrimita derramada por la histeria que me provoca la idea de
subir a un cacharro metálico que, misteriosamente, alcanzará
los diez kilómetros de altura, un batiburrillo de pasajeros,
una mezcolanza de chilabas, trajes de chaqueta y bermudas,
subimos al 737 de la Royal Air Maroc (RAM), donde nos reciben
media docena de sonrisas de uniforme.
En el asiento de atrás,
Javier Gurruchaga, lo que me tranquiliza, porque tengo la
pintoresca e infantil teoría de que si un personaje famoso va
en mi avión, éste no se caerá. Los aviones provocan en mí
una combinación de pánico y fascinación, de extraño
masoquismo que me hace repetir una y otra vez la angustia del
vuelo. Increíblemente, por mucho que las leyes de la física se
empeñen en explicar lo poco excepcional que es esto, en una
hora y cuarto un monstruoso y pesado cilindro con alas se posa
sobre el Mohamed V: estamos en Casablanca.
Otro país, otro continente,
otra sociedad, otra religión, otro mundo. Un mundo que, sin
embargo, nos irá mostrando que es mucho más parecido al
nuestro de lo que nunca pudimos imaginar. La cercanía
geográfica se ve reflejada en la cercanía de sus gentes.
Paradójicamente, debemos retrasar el reloj dos horas. De nuevo,
la física nos sorprende: el tiempo, con su relatividad, nos ha
regalado ciento veinte minutos. Por otro lado, nos los quitará
a la vuelta, de modo que no estamos robando nada a nadie.
Continua... >