La capital
de Madeira, hace siglos rodeada de murallas como protección
contra los ataques de los piratas, debe su nombre a una planta
silvestre, muy abundante en las tierras sobre las que hoy se
asienta la ciudad, el funcho.
Con casi
cien mil habitantes, más de un tercio de la población total de
Madeira, Funchal es una moderna ciudad portuaria, dotada de
completos servicios y buenos sistemas de transporte, aunque no
exenta de cierto caos circulatorio. Caracterizan a Funchal los
edificios armoniosos, nunca con más de tres pisos y sobre todo,
una vez sobrepasado el casco de la ciudad, la dispersión de sus
casas a todo lo largo y ancho de la falda de la montaña, que
parapeta a la capital de los vientos del nordeste. Funchal, como
el resto de la isla, cuenta con importantes desniveles, que
sorprenderán tanto al visitante peatón como al conductor.
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Comenzar
nuestro recorrido cultural por la Quinta das Cruzes, nos
traslada a la época de los primeros colonizadores de la isla,
esta mansión, así como el jardín que la rodea, nos muestran
el acomodado estilo de vida de sus habitantes, además de una
colección de diversos objetos decorativos, entre los que
destacan diferentes piezas de mobiliario. El jardín, permite un
agradable y curioso paseo, escalonado con peculiares objetos,
perfectamente integrados en esta verde prolongación de la
Quinta-museo.
La
luminosidad que caracteriza a las viviendas maderienses es un
derroche en la Casa museo Federico da Freitas, que
recoge el legado del coleccionista y hombre de leyes D. Federico
Augusto da Freitas. Especial mención merece la colección de
azulejos traídos de todas las partes del mundo y trabajados con
las más diferentes técnicas.
Una parada
en la Casa da Luz, nos hará valorar la llegada de la
electricidad al archipiélago en el año 1897. El museo de Arte
Sacro, o un paseo por el jardín botánico de la
ciudad, son algunas de las muchas alternativas que Funchal
oferta.
Entre ciudad
y villa, Monte, unido hoy a Funchal, recibe a sus
visitantes haciendo gala de su esplendor, esplendor tanto
arquitectónico, como paisajístico, que en épocas pasadas
estaba reservado a las clases sociales más privilegiadas.
Sorteando sus características pendientes, se erigen iglesias
manuelinas y serpenteantes y frondosos jardines, que sirven de
punto de partida a los carros de cesto, curiosa
atracción turística de lo que fue en su día el vehículo para
trasladarse de Monte a Funchal.
Añadidos de
color en la capital, se pueden disfrutar con ocasión de la
celebración del Carnaval en la isla, evento que cuenta
con gran tradición y que ha logrado hacerse con un nombre
destacable, como también ocurre con el desfile floral que tiene
lugar con la llegada de la primavera, La Festa da Flor y
con la festividad de Fin de Año donde los fuegos de
artificio, son protagonistas.
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