Desde
Funchal, comenzamos nuestra visita a la isla, recorriendo la
costa oeste, donde es parada obligada el municipio de Camara do
Lobos, pequeño pueblo pesquero, sumido en las tradiciones y
habitado por familias numerosas, dedicadas en gran medida a
faenar en aguas próximas a Funchal. Desde allí, siguiendo
fieles al borde de la costa, llegamos a Ribeira Brava, una
acogedora villa, cuyas calles y núcleo central, más bien
parecen sacados de un cuadro, con unos blancos perfectos en
iglesias, mercados, escuelas, unas calles peatonales, dibujadas,
más que adoquinadas y donde el olor a mar, llega a ser sabor a
sal. Atravesando la Ponta do sol, comienza nuestro ascenso hacia
Paul da Serra, y absolutamente nada, nos puede hacer intuir, si
esta llanura a la que nos aproximamos, estará cubierta de
espesas nubes o por el contrario será el sol quien nos
deslumbre a nuestra llegada; si es así nos permitirá observar
que es de las poquísimas zonas donde nos vamos a encontrar
ganado, precisamente favorecido al no existir las marcadas
diferencias de altura propias de la erosionada isla. Desde allí
Porto Moniz, apunta como próxima parada de nuestro itinerario,
donde un pequeño pueblo turístico, nos muestra la braveza de
la que puede ser protagonista el agua del Atlántico,
rompiéndose, espumeante, contra las rocas, que han llegado a
formar piscinas naturales.
La estrecha
carretera, que nos conduce a Ribeira da Janela y Seixal, está a
punto de abandonar la costa, aunque este recorrido se puede
hacer por autovía, nunca nos encontraríamos una cascada, que
hiciera reducir a nuestro vehículo y cayera directamente sobre
él, ni apreciaríamos la altura o espectacularidad de tantas
otras que encontramos en nuestro camino.
En nuestra
visita, Seixal recuerda una otoñal tarde, llueve en Seixal. Un
bosque de eucaliptos, helechos y acacias rodea a los cultivos y
a las casas escalonadas, con sus diminutos Baleairos, casas
individuales para la vaca familiar, cuya vida peligra en tan
escarpado terreno.
El recorrido
por la zona este de la isla, puede iniciarse con la visita al
punto más alto de la isla, Pico Ruivo, si las nubes no lo
impiden, las vistas pueden ser estupendas. Desde allí podemos
dirigirnos hacia Santana, donde peculiares casas triangulares
con techos de paja y con gran colorido, son perfectamente
conservadas, pero escasamente utilizadas como viviendas, debido
principalmente a su escaso tamaño (en alguna, expuesta al
público, se puede visitar el interior), pero hasta llegar a
Santana, los claros, bosques y valles que rodean a Ribeiro Frio,
despertarán, de continuo, nuestra admiración y desde más de
un miradouro, nos veremos confundidos y relajados a la vez por
la línea que separa cielo y mar.
Nuestra
excursión puede continuar visitando, Caniçal, antiguo pueblo
ballenero, hoy, sin embargo, zona de protección de mamíferos
marinos y pequeño puerto pesquero, para concluir en la Ponta de
São Lorenço, el punto más oriental de la isla, y zona de
acantilados y viento que producen agradables efectos visuales.
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