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Aterrizar en
Madeira, en el aeropuerto costero, es un primer guiño a su
naturaleza, en constante metamorfosis por las alteraciones que
provocan los cambios climáticos: cuatro estaciones se suceden
en un mismo día en la isla, estaciones fácilmente
diferenciadas, si bien no extremas, nos permiten recorrer el
dorado otoño de Paul da Serra y alrededores, la húmeda
primavera de Ribeiro Frio, el recio, y en ocasiones nevado,
invierno en Pico Ruivo (1862 m) o abandonarnos al cálido verano
en Ponta de São Lorenço, Cámara de Lobos o Ribeira Brava en
pocas horas. Al día siguiente los puntos de referencia
permanecen, pero no de forma necesaria amanecen en la misma
estación del año. Ciertamente resulta impredecible la
climatología en Madeira, si bien se caracteriza, de manera
constante, por sus suaves temperaturas durante todo el año,
temperaturas húmedas y soleadas (medias entre 16 y 22º ) en
sintonía con los grados registrados por las aguas atlánticas
(medias entre 17 y 21º).
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Las
destacables alturas que llegan a alcanzar los puntos montañosos
de la isla, retienen las nubes empujadas por los vientos aliseos
del nordeste, permitiendo que Madeira sea testigo y protagonista
de excepción, en el ciclo de evaporación, condensación y
precipitación del agua.
Cumbres y
valles, tapizados de flores y frutos genuinos, son el resultado
de la alianza entre el agua, el hombre y la tierra. Terrenos
abruptos cultivados perseverantemente mediante un sistema de
terrazas, irrigados por una no menos laboriosa canalización a
través de Levadas, que constituyen además atractivos y
tonificantes paseos a pie, con diferentes grados de dificultad y
salpicados, incluso en los lugares más inverosímiles, por
especies florales únicas, caracterizan la morfología
maderiense.
La Costa,
envuelta en acantilados, rompe su dureza con pequeños
recovecos, donde se suelen asentar las localidades que se
disgregan por la isla. Son las diferentes caras del
archipiélago, el pueblo pescador,
el antiguo pueblo ballenero, la ciudad cosmopolita, las
poblaciones interiores, eminentemente agrícolas y el despertar
a la industria de las proximidades de Machico y Caniçal son
solo una muestra más de la "biodiversidad" que
caracteriza a estas tierras portuguesas.
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El perfil de
los habitantes de Madeira, responde al prototipo apacible y
sosegado de los afortunados que disfrutan del
"aislamiento" propio de cualquier isla. Una industria
todavía incipiente y la predominancia de la agricultura y el
sector servicios, hacen de este, un destino de calidad y
posibilidades, deportivas, culturales, naturales,
gastronómicas, costumbristas y hasta de sol y playa a tan solo
37 kms., en la isla de Porto Santo.
Quintas y
museos, mercados y lonjas, bodegas, un sabroso pez espada con
maracuyá o una espetada de pescado, el bolo do caco, su
pequeño puerto y más y más flores harán las delicias de un
paseante que recorra las múltiples y cuidadas calles peatonales
de Funchal, una capital del 2000, con los matices y honores de
una privilegiada isla, como telón de fondo.
Continua... >
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