Lejos de todo destino isleño convencional,
Madeira "troca" las tradicionales playas por un
cambiante clima, clave de su fisonomía, forma de vida y
esplendor paisajístico, cuyos fuertes contrastes, entre altas
cumbres y profundos valles, han dado lugar a la proliferación
de una vegetación autóctona, Laurissilva.
Hablar de la flora indígena, es hablar de olores y colores
propios, regados y regalados por un agua y humedad no menos
peculiares, en su canalización mediante Levadas, en su
constancia y en su aprovechamiento en "poios" o
terrazas cultivables.
El Atlántico, acuna, esta reserva natural y
los vientos aliseos del nordeste, curten a los maderienses y a
sus tierras, constituyendo la garantía de continuidad de la
isla, como un istmo hospitalario y generoso.