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Ni el más afanado esfuerzo
espiritual por parte del forastero conseguía igualar el
asombroso control de esfínteres que nuestros amables
anfitriones parecían ejercer sin dificultad. Aquello permitía
que, tanto los pequeños taxi-brousse como los colosales
camiones, avanzaran lenta pero inagotablemente hacia su destino.
De no ser por las frecuentes averías, las visitas del conductor
a amigos y familiares o sus cabezaditas sobre el capó…
A veces se tenía la
tentación ante la desesperación, de saltar del vehículo y
abusar de sus 20 km/h sobre carreteras sin asfaltar para cumplir
con la naturaleza, y correr detrás de él hasta alcanzarlo.
Pero nuestra condición de cobardes nos lo impedía ante la
posibilidad de que el vehículo tuviera su día, o que por falta
de pasajeros sólo estuviera cargado tres veces más de lo
recomendado por el fabricante. El viaje en grandes canoas
parecía tener los mismos inconvenientes:
15 de Julio: "Aprovechábamos la lluvia
para mear a escondidas en una lata con el poncho, pero
pronto dejo de llover y mear empezó a ser un problema
¿Cómo hacía esa gente para contenerse todo un día? Mi
vejiga nunca funcionó bien de todas formas. Ya habíamos
explorado los rincones más oscuros del aburrimiento cuando
llegamos a nuestro destino, Andunaka..."
Una vez más se nos
perpetuaba el mismo problema. Habiéndose salido bastante del
circuito turístico habitual, nuestra llegada a la pequeña
aldea ribereña del Canal des Pangalanes era todo un
acontecimiento que despertaba la curiosidad más tenaz, y
teníamos una corte centenaria de niños que nos seguían a
todas partes, negándonos cualquier tipo de intimidad. Pero el
nuestro, era sin duda el más absurdo del amplio abanico de
problemas que se desplegaron ante nosotros.
Continua... >
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