Periche es nuestra
próxima parada, estamos a 4.243 metros y lo más prudente es
tomarse otro día de descanso para seguir aclimatándonos
convenientemente. Además, es el último lugar en donde si tus
compañeros ya no te aguantan, darte un “fregado” a base de
cazos y caldero. Sorprendentemente en este lugar tan aislado y
austero existe un dispensario de la Fundación de Rescate del
Himalaya, atendido por médicos voluntarios. Ofrecen ayuda a los
excursionistas con problemas, y todas las tardes imparten
conferencias sobre las consecuencias del mal de altura y de como
prevenirlo. Su visita es más que recomendable.
Si nos encontramos
con aplomo, en esta jornada de respiro es interesante acercarse
hasta la aldeíta de Chunckung, a 4.730 metros, pues las vistas
son formidables sobre la gran herradura glaciar que modelan las
abruptas laderas del Nupse, Lhotse y Ama Dablam, dejando en
mitad de la misma al solitario Island Peak, interesante seis mil
de fácil ascenso, quizá para cortejar en otra ocasión.
En la siguiente etapa
continuaremos ganando altura por una pendiente morrena que
culmina en una íntima meseta repleta de monumentos funerarios,
son hitos de piedras dispuestos en memoria de los sherpas y
alpinistas muertos en el Everest y sus alrededores. Después,
seguiremos por el cauce del valle encajonado que nos dejará en
Lobuche, territorio del casi desaparecido leopardo de las nieves
y del buscado “Yeti”. Esta aldea de verano rasa los 5.000
metros por lo que hay que estar atentos a lo síntomas que
provoca la altitud, y tener a mano toda la ropa de abrigo pues a
la caída del sol sus lodges se convierten en neveras, en las
que ni siquiera calientan las estufas alimentadas con estiércol
seco de yak. Al atardecer, merece la pena ganar algo de altura y
observar desde los aledaños el mágico cambio de luces.

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Nuestra siguiente
jornada es el gran día, si la altitud no ha sido cruel y el
clima es propicio, iremos progresando por morrenas, en las que
la presión tectónica ha sido total, hasta alcanzar unas pocas
casitas de piedra. Es Gorakshep, otro asentamiento de verano, en
donde tomar los últimos “teecitos” bien calientes y
cargados, antes de enfilar por la fatigosa cuesta que conduce
hasta la deseada cumbre del Kala Pattar, a 5.545 metros, que en
realidad es el hombro del gigantesco Pumori. A pesar del
cansancio que provoca la altura y el desnivel, el ascenso se
hace soportable pues a cada parada, para retomar el ya cotizado
oxígeno, se irán corriendo cortinas que destapan los
contrafuertes finales del ansiado Sagarmatha (Everest).
Un gran hito de
piedras y banderines de oración nos recuerdan que estamos en un
lugar privilegiado y que hay que levantar la vista. Desde este
mirador de precisión apreciaremos perfectamente (no olvidéis
unos prismáticos) la negra pirámide sominal del Everest; los
escalones de la pared norte, en donde acabó el avezado sueño
de Mallory e Irvine; el famoso Collado Sur y el vecino Lhotse.
Uno se estremece al pensar que todavía quedan más de tres
kilómetros de vertical hasta tocar esas cumbres, ya cercanas a
la troposfera, y que en esos momentos, a lo mejor, alguna
expedición está pisando su cumbre. Si es principio o final de
temporada, veremos estiradas caravanas de porteadores y de yaks
transportar todo lo necesario para aguantar dos largos meses
preparando el ataque a la cima de la montaña. Desde Gorakshep
es factible acercarse al Campo Base del Everest, si bien hay que
saber que desde allí no se ve la silueta de la montaña, pues
la perspectiva se estrella frente a sus contrafuertes y la
rescrebajada entrada de la cascada del Khumbu. Sin embargo, el
contacto con el ambiente humano de esta “Torre del Babel” es
toda una experiencia por las historias y vivencias de quienes
buscan lo más alto a costa de un gran sacrificio. Un buen libro
para leer en estos días y conocer algo más de esta montaña,
de su historia y de sus pretendientes es “La Ascensión al
Everest”, de Sir John Hunt.

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Pero no olvidemos que
hay que regresar y bajar desde la divinidad de las alturas al
frágil feudo mortal. Si todavía no es muy tarde y estamos en
forma, una buena idea es intentar descender de un tirón hasta
Periche pues, a pesar de ser una buena “paliza”, dormiremos
en un lugar bastante más acogedor y cálido que en la “nevera”
de Lobuche. Una vez allí, si disponemos de días, podemos optar
por alcanzar otros excepcionales miradores-cumbre o por
descender, en dos o tres jornadas ya de bajada, hasta el
aeródromo de Lukla, que nos devolverá hasta Kathmandu.
Como veis, de la mano de un buen
Sherpa, o con un buen mapa, buena aclimatación y tiempo por
delante, las posibilidades en los caminos del Khumbu son
ilimitadas. Posiblemente en algún momento del trayecto os
quejareis de la gran afluencia de excursionistas, que le vamos
hacer, somos tantos los que disfrutamos con lo mismo, que allí
nos tenemos que encontrar. En lo que seguramente todos estaremos
de acuerdo, es que para el excursionista que por primera vez
llega a las montañas del Himalaya, el encantador valle del
Khumbu es la mejor de las elecciones por presupuesto,
facilidades y sobre todo, por la experiencia de estar frente a
las grandes… los pilares de la tierra y los hombres y mujeres
de las montañas. Sin duda habremos multiplicado por diez
nuestra capacidad de asombro.
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