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Sumario

Introducción
El Valle Encantado
Atrapados en el tiempo
Por los caminos del Yeti
Un Alto en el camino
Camino del Caos
Otros miradores de espasmo en la ruta
Jaque al enemigo invisible
Guía Práctica
 

 

Otros Reportajes

Valle del Khumbu
"Escaleras al cielo"
Por Miguel Caselles. Fotos de Victoria Sánchez
 
 Camino del Caos
 
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© Victoria Sánchez

Periche es nuestra próxima parada, estamos a 4.243 metros y lo más prudente es tomarse otro día de descanso para seguir aclimatándonos convenientemente. Además, es el último lugar en donde si tus compañeros ya no te aguantan, darte un “fregado” a base de cazos y caldero. Sorprendentemente en este lugar tan aislado y austero existe un dispensario de la Fundación de Rescate del Himalaya, atendido por médicos voluntarios. Ofrecen ayuda a los excursionistas con problemas, y todas las tardes imparten conferencias sobre las consecuencias del mal de altura y de como prevenirlo. Su visita es más que recomendable.

Si nos encontramos con aplomo, en esta jornada de respiro es interesante acercarse hasta la aldeíta de Chunckung, a 4.730 metros, pues las vistas son formidables sobre la gran herradura glaciar que modelan las abruptas laderas del Nupse, Lhotse y Ama Dablam, dejando en mitad de la misma al solitario Island Peak, interesante seis mil de fácil ascenso, quizá para cortejar en otra ocasión.

En la siguiente etapa continuaremos ganando altura por una pendiente morrena que culmina en una íntima meseta repleta de monumentos funerarios, son hitos de piedras dispuestos en memoria de los sherpas y alpinistas muertos en el Everest y sus alrededores. Después, seguiremos por el cauce del valle encajonado que nos dejará en Lobuche, territorio del casi desaparecido leopardo de las nieves y del buscado “Yeti”. Esta aldea de verano rasa los 5.000 metros por lo que hay que estar atentos a lo síntomas que provoca la altitud, y tener a mano toda la ropa de abrigo pues a la caída del sol sus lodges se convierten en neveras, en las que ni siquiera calientan las estufas alimentadas con estiércol seco de yak. Al atardecer, merece la pena ganar algo de altura y observar desde los aledaños el mágico cambio de luces.

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© Victoria Sánchez

Nuestra siguiente jornada es el gran día, si la altitud no ha sido cruel y el clima es propicio, iremos progresando por morrenas, en las que la presión tectónica ha sido total, hasta alcanzar unas pocas casitas de piedra. Es Gorakshep, otro asentamiento de verano, en donde tomar los últimos “teecitos” bien calientes y cargados, antes de enfilar por la fatigosa cuesta que conduce hasta la deseada cumbre del Kala Pattar, a 5.545 metros, que en realidad es el hombro del gigantesco Pumori. A pesar del cansancio que provoca la altura y el desnivel, el ascenso se hace soportable pues a cada parada, para retomar el ya cotizado oxígeno, se irán corriendo cortinas que destapan los contrafuertes finales del ansiado Sagarmatha (Everest).

Un gran hito de piedras y banderines de oración nos recuerdan que estamos en un lugar privilegiado y que hay que levantar la vista. Desde este mirador de precisión apreciaremos perfectamente (no olvidéis unos prismáticos) la negra pirámide sominal del Everest; los escalones de la pared norte, en donde acabó el avezado sueño de Mallory e Irvine; el famoso Collado Sur y el vecino Lhotse. Uno se estremece al pensar que todavía quedan más de tres kilómetros de vertical hasta tocar esas cumbres, ya cercanas a la troposfera, y que en esos momentos, a lo mejor, alguna expedición está pisando su cumbre. Si es principio o final de temporada, veremos estiradas caravanas de porteadores y de yaks transportar todo lo necesario para aguantar dos largos meses preparando el ataque a la cima de la montaña. Desde Gorakshep es factible acercarse al Campo Base del Everest, si bien hay que saber que desde allí no se ve la silueta de la montaña, pues la perspectiva se estrella frente a sus contrafuertes y la rescrebajada entrada de la cascada del Khumbu. Sin embargo, el contacto con el ambiente humano de esta “Torre del Babel” es toda una experiencia por las historias y vivencias de quienes buscan lo más alto a costa de un gran sacrificio. Un buen libro para leer en estos días y conocer algo más de esta montaña, de su historia y de sus pretendientes es “La Ascensión al Everest”, de Sir John Hunt.

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© Victoria Sánchez

Pero no olvidemos que hay que regresar y bajar desde la divinidad de las alturas al frágil feudo mortal. Si todavía no es muy tarde y estamos en forma, una buena idea es intentar descender de un tirón hasta Periche pues, a pesar de ser una buena “paliza”, dormiremos en un lugar bastante más acogedor y cálido que en la “nevera” de Lobuche. Una vez allí, si disponemos de días, podemos optar por alcanzar otros excepcionales miradores-cumbre o por descender, en dos o tres jornadas ya de bajada, hasta el aeródromo de Lukla, que nos devolverá hasta Kathmandu.

Como veis, de la mano de un buen Sherpa, o con un buen mapa, buena aclimatación y tiempo por delante, las posibilidades en los caminos del Khumbu son ilimitadas. Posiblemente en algún momento del trayecto os quejareis de la gran afluencia de excursionistas, que le vamos hacer, somos tantos los que disfrutamos con lo mismo, que allí nos tenemos que encontrar. En lo que seguramente todos estaremos de acuerdo, es que para el excursionista que por primera vez llega a las montañas del Himalaya, el encantador valle del Khumbu es la mejor de las elecciones por presupuesto, facilidades y sobre todo, por la experiencia de estar frente a las grandes… los pilares de la tierra y los hombres y mujeres de las montañas. Sin duda habremos multiplicado por diez nuestra capacidad de asombro.

Continúa


 

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