En Namche es
conveniente hacer una jornada de descanso activo para ir
adaptándonos a la altitud, pues ya estamos a 3.440 metros.
Durante ese día, podemos acercarnos hasta el monasterio de
Thame y ser espectadores oyentes de las largas sesiones de
oración, casi cantadas, acompañadas por los instrumentos
milenarios que han puesto música ronca y profunda a la historia
de estas montañas. Otra opción es llegar hasta el Hotel Everst
View y disfrutar de las magnificas vistas sobre el Everest y el
Ama Dablam, mientras tomamos un caliente té de roca, y
continuar después hasta el pueblo de Khumjung, en donde Hillary
fundó la escuela que reúne a todos los niños de las aldeas
cercanas.
Pero si no os apetece
mucho caminar, tenéis la opción de perderos por las empinadas
calles del anfiteatro urbano de Namche; visitar el museo de la
historia y forma de vida de estos valles; contactar con otros
viajeros; o comprar alguna artesanía en los tentadores puestos
callejeros. Incluso, si necesitáis algún equipamiento para los
próximos días, aquí se venden las mejores falsificaciones de
famosas marcas y restos de expedición a precios de saldo. Por
cierto, Namche es el último lugar en donde hacer una llamada
telefónica gracias a la energía solar.

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Tras este día de
toma de contacto con las formas y las gentes del valle,
retomamos camino compartiendo vereda con otros muchos viajeros y
por otros tantos porteadores cargados hasta lo impensable.
Realmente son fardos gigantes que avanzan sobre escuálidas pero
fibrosas piernas. Calzados con sandalias o descalzos, ponen en
ridículo a las recias y caras botas de turista, compradas con
lo que para ellos supone dos meses de trabajo. Cuando te cruzas
con ellos siempre regalan una sonrisa y el tradicional “namaste”,
saludo sherpa de bienvenida y despedida.
Como manda la
tradición budista, iremos pasando por nuestra izquierda los
numerosos chorten y muros mani, que son construcciones de piedra
levantadas en mitad de los caminos en recuerdo de antepasados y
para dar buena suerte al viajero. Cualquier asidero expuesto a
la brisa, es utilizado para colocar largas ristras de banderas
de oración, ofrecidas al viento para que las lleve a todas las
partes. También nos encontramos con hileras de molinos de
oración que, al paso, se giran con la mano en el sentido de las
agujas del reloj, así lo esperan los dioses y es requisito de
buena suerte. Y conviene recordar que todo el que se interna por
estos parajes tarde o temprano la necesitará.

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Tras un largo repecho
se alcanza el monasterio de Thyangboche, el mayor y más
conocido del khumbu, construido en el claro de un collado
forrado de abetos y rododendros. Muchos dicen que las vistas que
se atrapan desde este lugar son de las más bellas, entre otros
el Everest, el Thamseku y en primer plano el Ama Dablam; la
montaña sagrada de los sherpas que se muestra cargada de
inestables seracs colgados y rectilíneos filos, polarizados por
el flequillo que provoca el viento al arrastrar la nieve de las
aristas cimeras. Una vez descalzados a las puertas del
monasterio, se puede asistir a las murmuradas lecturas sagradas
que los monjes entonan envueltos en un denso olor a incienso, y
que invitan a la meditación y al desahogo mental.
Se puede hacer noche
en alguno de los lodges cercanos al monasterio o descender hasta
Deboche. En cualquiera de las opciones merece la pena asistir al
ocaso del sol cuando los últimos rayos incendian las cumbre
mayores. Si tenemos la suerte de que alumbre la luna llena, su
luz rebotada por los espejos de hielo compondrán una escena en
blanco y negro sorprendentemente irreal. Puestos de nuevo en
marcha atravesaremos las calles de Pangboche, en cuya gompa
(monasterio) hasta hace unos pocos años se podía ver un trozo
de cráneo y una mano de un supuesto yeti. Aunque preguntéis,
hoy nadie sabe que paso con las reliquias.
Según pasan las
jornadas, comprobareis como vuestros porteadores caminan más
ligeros a pesar de cargar con un pesado petate sujeto a la
frente, incluso fumarán mientras caminan y, por contra,
vosotros os encontrareis más torpes y agotados; es consecuencia
de la ya considerable altitud a la que se transita, por lo que
conviene tomárselo con calma. Como diría un budista: respirad
y caminad con armonía…
Continúa