Tras este mágico
baño con los sabores, esencias y colores de la espitualidad,
llega el momento más esperado. Es el turno del caminante, de
las montañas, de los sherpas y… del esquivo “Yeti”. Os
proponemos llegar hasta los mejores y de más fácil acceso
miradores sobre las grandes catedrales de la Tierra. Eso sí, a
pie, pues no hay otro medio posible de superficie que llegue a
estos remotos confines. No hay porque temerlos, pues son rutas
habitadas y abiertas hace medio siglo por las expediciones de
exploración y de conquista que, además, han sido “equipadas”
por los lugareños con modestos pero acogedores lodges
(albergues), en los que encontraréis todo lo necesario para
dormir, comer y descansar, haciendo que el camino sea más
fácil y llevadero. Tan sólo necesitaremos estar habituados a
caminar, ser precavidos con los efectos del tan temido y
conocido, por esto lares, “mal de altura”, y llevar bien
abiertos los ojos para no perder detalle.
La ruta que os
proponemos parte del aeródromo de Lukla, este atajo aéreo
ahorra 188 kilómetros de autobús (diez horas) y siete días de
caminata desde Kathmandu. Además, el vuelo en las atrevidas
avionetas, de aterrizaje y despegue corto, ya es toda una
experiencia y la mejor de las lecciones de geomorfología desde
las alturas, pues otearemos la intrincada y árida superficie
sometida al tremendo quebranto del empuje tectónico. A través
de la ventanilla izquierda (la de mejor panorámica al ir)
asistiremos al mejor de los estrenos en butaca preferente;
violentos ríos que han configurado profundas quebradas en las
que “milagrosamente” se cultiva en la vertical de sus
laderas; aldeas suspendidas en emplazamientos inexplicables y al
fondo; la gran muralla blanca, la más afilada del planeta.

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En el momento del
aterrizaje muchos cierran los ojos, las pulsaciones suben y la
garganta se seca, no es para menos, la pista es similar a un
polvoriento campo de fútbol terminado en cuesta para favorecer
la frenada. Pero una vez en tierra, al fin, estamos en el
rellano de “la escalera al cielo” que jornada tras jornada
nos irá acercando a la morada de los dioses, a la de los “yetis”
y a la de los hombres del Khumbu: el pueblo Sherpa.
Si vais algo pasados
de peso o simplemente queréis llevar las manos en los bolsillos
atentos solamente de conseguir las mejores fotos, es el momento
de contratar los servicios de alguno de los muchos porteadores
que en el mismo aeródromo esperan la llegada de excursionistas.
Ajustad un buen precio con él, o con los porteadores, que
además del porteo incluya su alimentación. También podéis
recurrir a la ayuda de un sherpa (guía) que os acompañará,
pondrá el ritmo adecuado, se ocupará de encontrar sitio y
comida en los lodges y os contará todo lo que queráis saber de
estas montañas. En definitiva, tramitará y solucionará todas
las circunstancias que se presenten durante el trekking. Puede
ser contratado en alguna agencia de Kathmandu o en el mismo
pueblo de Lukla, más económico pues os ahorrareis su pasaje
aéreo.
Pues bien, ya estamos
en disposición de dar nuestro primer paso himaláyico, pero no
hay que olvidar que acabamos de aterrizar a 2.800 metros y que
en pocos días llegaremos hasta los 5.600 metros, por lo que el
éxito de esta caminata hacía las nubes, también dependerá de
lo bien que se aclimate el organismo de todos y cada uno de los
que forméis el grupo. Paso lento, evitar esfuerzos
innecesarios, beber mucho líquido, no superar los 500 metros de
desnivel por día y tomarse alguna jornada de descanso, son los
simples secretos para no claudicar antes de tiempo frente al “enemigo
invisible”.

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Tras dos cómodas
jornadas (haciendo noche en Benkar) atravesando ríos escupidos
por los glaciares, sobre oscilantes puentes colgantes
engalanados con banderines de oración, se llega a la capital
del pueblo sherpa. Historicamente, Namche Bazar, fue importante
escala en las caravanas que procedentes de la India llegaban
hasta el Tibet y regresaban cargadas fruto del trueque de
mercancías y alimentos. Hoy, al igual que entonces, Namche
sigue siendo la más importante cita comercial de estos valles,
cada mañana de sábado llegan gentes desde aldeas situadas a
varios días de camino a pie, acarreando a su espalda o a lomos
de renqueantes yaks grandes bártulos de lo que será motivo de
negocio.
Es el gran bazar
donde todo se vende, todo se compra y todo se cambia, al compás
de tratos y regateos. Las rupias saltan de mano en mano y quien
llegó cargado de arroz y huevos regresa a su aldea con sal y
telas chinas. Pero sin duda, la atracción de este hormiguero
humano son los abigarrados tibetanos. Tipos altos y corpulentos,
de largo y adornado pelo trenzado, y abrigados con lanudas
pellizas de yak. Son hombres y mujeres duros, muy duros, que
atraviesan todo el mapa de la región guiando largas caravanas
de yaks, por pasos glaciares que superan los 5.500 metros, para
comerciar con las aldeas de la región. Seguro que
intercambiáis algún recuerdo europeo por otro tibetano para el
recuerdo.
Continúa