Saliendo de la ciudad
ya comienzan a verse los característicos cultivos en bancales,
el único sistema efectivo para sacarle partido a un suelo que
no conoce el plano horizontal. Pronto se llega a Patan, que es
una cercana ciudad (antigua capital) a la que se puede catalogar
como museo al aire libre. En esta ciudad encantada, cuna de las
artes, se trabajan las mejores artesanías en los muchos
talleres, tiendas y puestos callejeros.
Máscaras, alfombras,
thangkas (pergaminos pintados) y los famosos cuchillos gurka
esperan el imprescindible y noble arte del hábil regateo. Por
supuesto, su Plaza Dhurbar, el Templo del Oro, el campo de
refugiados tibetanos y el Templo de los mil budas son de
inexcusable visita. Quizá sea oportuno comprar a alguno de los
muchos vendedores itinerantes que salen al paso, un par de
tarritos de bálsamo de tigre. Este clásico ungüento puede
sernos de utilidad en los días que tenemos por delante, es un
buen alivio contra tantas afecciones que no estará de más
comprobar su eficacia.

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Bhaktapur es otra
ciudad suspendida en plena Edad Media. Privilegiada obra maestra
de laberínticos callejones repletos de tenderetes y estructuras
superpuestas, presidida por los treinta metros del templo de
Nyatapol, el más alto de Nepal. Además, su respectiva Plaza
Dhurbar y la Plaza Dattatreya son los platos fuertes de la
ciudad. Pero ya que hablamos de platos, porque no probar un
completo Dal-Bhat (arroz y lentejas) arriesgando un poquito con
ardientes salsas y, si es necesario, apagar el fuego bucal con
unos sorbos de chang (cerveza de patata)… ¡todo un placer!
Siguiendo periplo por
el valle nos encontramos con el gran templo de Pashupati nath,
bordeado por el río Bagmathi que en indú significa “de la
boca del tigre viene el agua”, en el que se celebran
diariamente ceremonias de cremación de cadáveres. La familia
del difunto prepara meticulosamente la pira de troncos y paja
que servirán de combustible, así como al propio finado. Tras
colocar el cuerpo y lavar su cara y sus pies con el agua sagrada
del río, el fuego hace el resto durante horas.
Siempre, bajo la
atenta supervisión de algún familiar que se encargará de
reincorporar al fuego alguna parte desmembrada del cuerpo y que,
por último, lanzará las cenizas resultantes al río que todo
lo purifica. Son escenas severas por el dolor de los allegados y
por el fuerte olor a carne quemada que, inevitablemente, nos
harán reflexionar sobre el valor final de la vida. Un montón
de cenizas “purificadas” río abajo.
La estupa (templo de
budismo) más grande que se conoce es Bodha nath que, como en
todas las estupas, se presenta con los profundos ojos de Buda
cubiertos por gruesas cejas y en medio el tercer ojo de la
sabiduría, bajo una curvada nariz. Igualmente, presidida por
los atentos ojos de Buda que todo lo ven, se levanta otra gran
estupa en lo alto de la colina de Swyambhu nath, por cuyas
escalinatas y tejados pululan cantidad de monos en busca de
alimento o de algún bolso descuidado.
Otro de los lugares
que pondrá a prueba nuestros cimientos interiores es
Dakshinkali. Frente a un discreto altar, cientos y cientos de
hindúes llevan a sacrificar búfalos, cabras, ovejas, patos y
pollos en honor a la diosa Kali. Los animales son decapitados a
cuchillo por un joven matarife mientras los devotos, descalzos,
hacen cola hasta llegar al altar convertido, tras las primeras
ofrendas, en una bacanal de sangre y barro. Entretanto, otros
esparcen el líquido de cocos partidos y queman ofrendas en
fuegos purificadores, componiendo una escena de tenso ritual.
¡Todo un trago esta sangrienta liturgia! Lugares más sosegados
y de curiosa visita son el pueblecito newar de Bungmati o los
espléndidos miradores sobre la cordillera de Nagarkot,
Dhulikhel y Kakani, especialmente a la puesta del sol.
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