Kathmandu es la
puerta de embarque a este país pequeño en lo horizontal pero
desmedido en lo vertical. Para abrir boca, la mejor forma de
conocer su laberinto de calles, plazas, templos y mercados, es a
bordo de un nervioso richaw (motocarro). Estos diablos de tres
ruedas, conducidos por los mejores pilotos de “ralys urbanos”,
nos conducen por los revirados recovecos de una arquitectura
repujada hasta lo obsesivo por los arquitectos, artesanos y
magos Newar (los primeros habitantes del valle). Una vez en la
ciudad, una gran mayoría de viajeros se instalan en el ameno
barrio de Thamel, pues ofrece buen ambiente y todo lo que se
puede necesitar a precios razonables, tras el siempre inevitable
regateo, aunque para dormir es preferible buscarse una calle
alejada de tanto ajetreo.
Cada mañana, la
ciudad despierta arropada por una deshilachada manta de niebla,
que irá desmenuzando el amable sol, y por el tintineo de las
campanillas que se agitan en cada uno de los mil y un templos
levantados en honor a sus respectivos dioses. Todos ellos
necesarios para dar finalidad a cada plegaria, a cada bien y a
cada mal. Conviene ser madrugador y comprobar como se despereza
la ciudad, al compás suave de quienes se afanan en recibir al
día quemando incienso frente a un pequeño altar en mitad de un
estrecho callejón; cargando en sus balancines robustos petates
de quien sabe qué; montando pequeños universos en forma de
puestos callejeros; o haciendo sonar previamente el ya afónico claxon
de los diabólicos ritchaws.

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Nuestro paseo
matutino puede arrancar en la Plaza Dhurbar (todas las
poblaciones importantes dan este nombre a su plaza principal),
en donde se atosigan cantidad de templos cincelados hasta lo
insospechado. La plaza es un misterioso enjambre se estructuras
geométricas decoradas con vistosos motivos sagrados en relieve.
Con solo alzar la vista se experimenta la sensación de estar
constantemente observando por miles de criaturas trabajadas en
piedra, metal y madera que custodian cada ventana, cada alfeizar
y cada tejado de los templos. El antiguo Palacio Real es todo un
alegato al misterio y la magia que los artistas newar quisieron
plasmar en estos espacios ocupados por lo divino, y en los que
cada centímetro cuadrado tiene su porqué. Dicen que todo lo
que miremos, toquemos o pisemos es una representación de los
poderes superiores que mueven el engranaje cósmico. Sobre esta
cuestión deben saber bastante los llamativos Shadus,
auténticos templos vivientes con forma humana, que dejan pasar
el tiempo despojados de todo lo superfluo, en constante
meditación y a la espera de esa limosna que les llene la
escudilla.

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Fruto de esta
comunicación entre hombres y dioses, y de la ensaltación que
se hace de lo divino, podemos ser testigos de una historia cuya
realidad supera ampliamente la ficción. La diosa viviente
Kumari es elegida entre otras niñas novicias tras haber
superado una treintena de condiciones y pruebas. Cuando esta
joven diosa de carne y hueso sale en contadas ocasiones de su
palacio es transportada en volandas, pues nunca debe tocar el
suelo. Todos sus deseos son cumplidos prestamente, y una vez al
año todo el valle sale a venerar su paso por las calles de
Kathmandu. Kumari será reemplazada por otra niña en el momento
de su primera menstruación o si por algún otro motivo
sangrara. Dos leones protegen la entrada de su palacio, del que
todo su exterior y patio interior esta exquisitamente labrado.
Si queréis ver fugazmente a la niña-diosa Kumari es necesario
pagar una donación y tan solo alcanzareis a ver el irreal
blanco de su rostro, profusamente maquillado, pasar tras una
pequeña ventana. Olvidaros de hacerle un foto, te juegas la
cámara y la cara.
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