Nepal abrió sus
puertas en 1951 y todavía hoy mantiene algunas regiones
restringidas a su visita. Este autoaislamiento, lo remoto de sus
parajes y la magia que da porqué a su identidad han conseguido
mantener a Nepal suspendido en un lapsus atemporal. Tan
atemporal, que el viajero inquieto experimentará la mutación
de transitar por senderos imposibles, convertidos finalmente en
avenidas de conocimiento.
Todo un destino
iniciático para los que se decidan a dar el salto que supone
desengancharse de las pautas, de los condicionantes y de las
normas occidentales y conocer el ritmo impuesto por otra forma
de ver y sentir las cosas, a veces no tan necesarias y a veces,
por inverosímiles que parezcan, tan imprescindibles. Para los
que ya dieron el paso, Nepal seguirá siendo el destino al que
siempre regresar, al que siempre recurrir con el recuerdo cuando
el maldito engranaje cotidiano quiera dejarnos sin motivos para
soñar.