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Mi primera visita a
Papua Nueva Guinea la emprendí en solitario con la ayuda final
de unos cuantos porteadores.
Las crónicas de
todos los exploradores tenían algo en común. Eran zonas
remotas e inexploradas en donde siempre habitaron caníbales que
disuadían a los visitantes. Un tiempo después los descubrí.
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La historia de Nueva Zelanda es
la de un abuso a la inocencia. La de un paraíso amigable en la
que, en completa ausencia de depredadores y con una exuberancia
que imposibilitaba la competición, los insectos se hacían
gigantes, los murciélagos olvidaron volar y los loros, que
llegaban a pesar tres kilos, se volvían nocturnos. Era la
tierra de la oportunidad, donde todos tenían cabida y en
consecuencia, la vida adoptaba las formas más sorprendentes.
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En el mismo centro de Australia y a
casi 2000 kilómetros de su costa más próxima, se encuentra ULURU,
“el corazón de Australia”. Es una única roca de dimensiones
extraordinarias que brota del desierto, como un velero pétreo en mitad
de un inmenso mar de arena y arbustos. Su tamaño es gigantesco: 9,5 kilómetros
de perímetro, 2,4 de radio menor y más de 4 de radio mayor, elevándose
a una altura de 348 metros sobre la planicie que la rodea.
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