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Una angustiosa
inquietud sacude el cuerpo en espera de sensaciones cuando se pone
pie a tierra desde la escalerilla del avión. No es para menos, el
aeropuerto de la Paz se encuentra a más de 4.000 metros, es
decir, a la misma altura en la que acaban muchas de las grandes
montañas europeas...
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Asentado sobre la
misma mitad de un equilibrio ficticio entre el hemisferio Norte y
el Sur, sus fronteras albergan la más variada diversidad natural
y humana que podamos imaginar. Todo un crisol abierto al
conocimiento y a la sorpresa, en el que los extremos llegan a
tocarse sin miramientos.
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Afilado por hielos andinos, un
acerado viento achucha a los que hacemos cola frente al exiguo
ventanuco. A través de la rendija, una mano autónoma canjea por
unos pocos sucres, el boleto hacia la memoria de sangre, hierro y
madera del tren más atrevido que se conozca.
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La primera vez
que observas una formación de tepuyes rompiendo el horizonte de
la Gran Sabana, los imaginas como islas de roca vertical surgidas
de un mar de clorofila selvática. Cuando te acercas y descubres
que desde sus alturas se descuelgan las cascadas que dan vida a
los ríos del Amazonas, sientes que estás frente a un santuario
privilegiado. Pero no es hasta que consigues ascender a uno de
ellos, cuando comprendes que pertenecen a un espacio mágico
anterior al tiempo, cuya esencia está hecha de la materia con la
que se fabricó la tierra...
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