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Establecidos
en el único hotel de Narsassuaq, el que será nuestro
campamento base, realizamos un trekking de todo el día
de duración a través del valle de las mil flores. Desde
allí, y una vez superada la prueba del ascenso, pudimos ver con
una cercanía inusitada el glaciar Kiattut... ante nosotros
empezaba una capa de hielo infinito que es el 80 por ciento de
Groenlandia... kilómetros y kilómetros de aridez y de terreno
abrupto... casi inabordable... sólo los más valientes han sido
capaces de introducirse y de salir para contarlo.
Después de
un merecido almuerzo en la cima y bajo el abrigo de un sol
clemente, pudimos ver el prototipo de las cometas con las que
uno de nuestros compañeros, Ramón Larramendi, con las que va a
intentar atravesar la Antártida, sin ayuda de medios mecánicos
y sólo propulsado por corrientes de aire. Imposible aprisionar
en palabras la magia de hombres como él que sienten la llamada
de lo desconocido, la necesidad de batir marcas y de llegar
donde nadie había llegado, pagando para ello el durísimo
precio de temperaturas extremas, enorme cansancio y, el que para
mí tiene más mérito, el de la soledad...

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Gracias a
Ramón, nuestro maestro de ceremonias y padrino en Groenlandia,
y a sus años vividos en esa tierra -desde que en 1992
emprendió la Expedición Circumpolar, que no terminó hasta
tres años más tarde-, nuestro viaje estuvo maravillosamente
aderezado por sus vivencias. Recuerdo algunas tardes en las que
con sus charlas aprendimos más sobre el terreno que pisábamos,
sobre su historia y su gente... sobre la durísima noche polar y
sobre gentes que aún hoy en día viven enclavadas en el siglo
XIX.
Comunidades
de vida en las que los hombres son los responsables de toda la
población a la que sustentan saliendo en busca de osos polares
a los que hay que seguir el rastro durante días y días, sin
más medios que un rifle y un trineo y sin apenas provisiones.
Su confianza en el éxito les lleva a partir siempre en la
esperanza de no encontrar apenas adversidades.
Continúa
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