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“¡Casellessss,
vamos que nos cierran el chiringuitooo!”… oigo desde lo
alto. Es Juanma que baja trotando a buscarme. “¡La meta está
ahí mismo!”, me grita. Le paso la cámara y, como si el
cansancio se hubiese esfumado, disfruto recreándome con el
paisaje y las emociones de esos metros finales. Juntos
compartimos las últimas zancadas mientras me comenta que ha
entrado décimo y que, de haber conocido la parte final, podía
haber conseguido un par de puestos menos.

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Por fin
entro en Meta y el primer impulso es abrazarnos y felicitarnos
mutuamente. El equipo KLM había cumplido su objetivo: Juanma
décimo y yo entraba dentro del tiempo permitido con dos
carretes tirados en plena carrera. Mientras disfrutamos del
momento junto al control de avituallamiento, varios corredores
japoneses, con los que he coincidido en la subida, me saludan y
hasta una periodista japonesa nos hace una entrevista. Allí
arriba, en el borde del cráter cargado de nieve, nos hacemos
las últimas fotos para el recuerdo junto a varios símbolos,
ante los que los peregrinos se detienen a orar. De fondo, el
gran Océano Pacífico parece a tiro de piedra y a media altura
otro gran océano, éste de nubes, colgado del intenso azul
cielo que la luz del sol naciente japonés nos estaba
regalando.
Estabamos
más que eufóricos y mientras descendíamos, junto a otros
corredores, comentamos las anécdotas vividas a lo largo de la
carrera. Y tiempo tuvimos, pues una vez se llega a meta hay que
bajar desde la cima (durante seis kilómetros 1.500 metros de
desnivel) hasta la Quinta Estación, donde la organización
facilitaba autobuses para llegar a la entrega de premios en
Fujiyoshida.
Dos
elegantes trofeos para Juanma, por su meritorio puesto, y sendos
diplomas y medallas fueron el reconocimiento al equipo KLM por
su participación en la 55 edición de la Fuji Mountain Race.
Cuando regresamos a nuestra casa en Fugiyoshida y le
mostramos los trofeos a Tomihiko San, nuestro atento anfitrión,
no se lo podía creer… Reunida toda la familia nos felicitaron
con el ceremonioso protocolo japonés y nos prepararon una cena
digna del mismísimo emperador.
Esa noche apenas pudimos
dormir, demasiadas emociones para un solo día y demasiadas
cervezas, que Tomihiko Sam se empeñaba en ofrecernos mientras
charlábamos. Lo curioso es que ni él hablaba inglés ni
nosotros japonés. Sin embargo, los tres coincidíamos cada vez
que por enésima vez volvíamos a brindar… Tras chocar las
botellas, al unísono gritábamos: “¡¡¡Banzaaaiiiii…
Fuji Yama!!!”.
Continúa
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