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Sigo parando
para hacer fotos y de paso recupero el aliento, a veces me
dirijo a algún excursionista para que me tire él la foto a
mí. “¡Arigatoo, arigatoo!”… (“¡Gracias, gracias!”)
y continuo camino. Cada vez hay más claridad, según ascendemos
la niebla va quedando atrás y el sol ahora permite ver lo que
queda por delante: Espectacular… Una infinita hilera
multicolor de corredores avanzando en zig-zag, zeta tras zeta,
ganándole metros al perfil de la montaña, que a modo de gran
muralla parece rozar la verticalidad. El camino se retuerce
tanto, que en varios tramos hay que utilizar las manos para
progresar entre las formaciones de lava petrificada que
despidió el volcán, incluso hay cadenas para ayudar a los
excursionistas.
Corremos, o
eso intentamos, ya por encima de los 3.000 metros y los
avituallamientos a está altura están instalados frente a los
refugios que se levantan en la ruta. Ahora más que nunca se
necesita líquido y algún suplemento energético, que desde los
primeros controles conviene tomar, pues cualquier déficit por
no haber previsto el gasto puede ser fatal a estas alturas
de carrera. Muchos participantes comienzan a acusar el desnivel
y la altitud, las escenas de extenuación son constantes, poco
pueden hacer ya, algunos continúan arrastrándose a duras
penas, otros se aferran a los músculos en un intento de calmar
el dolor… “¡Ganbatte, ganbatte!”… (“¡Seguid
adelante, seguid adelante!”) les dicen algunos excursionistas
al paso, pero poca capacidad de recuperación queda cuanto la
montaña ya ha sentenciado.

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Lo que hace
unos kilómetros era una perfecta hilera de corredores, ahora es
un rosario partido en mil pequeños grupos de corredores, que se
acomodan al ritmo del primero de cada grupo. Los cinco de mi
grupo pasamos por el último avituallamiento… Tomo el último
gel energético que llevo y el agua helada me llega hasta los
pies. La subida se hace aun más pronunciada en esta parte
final, es una especie de escalera de grandes peldaños que
provoca que a punto estén de estallarme los cuádriceps, cada
vez que impulso el cuerpo me aferro con la mano por encima de la
rodilla para evitar el estallido. En una de las revueltas del
aéreo sendero me doy cuenta del espectacular mar de nubes que
tenemos bajo los pies, me adelanto, paro y tiro unas fotos con
mis compañeros de altura en primer plano. Creo que no entienden
que pueda pararme si estamos a punto de quedarnos fuera de
control, pero la imagen desde luego lo merecía.
Haciendo la
goma consigo entrar en el grupo de nuevo y les doy un relevo.
Miro el reloj y también la tabla de cierres de control que
llevo tatuada con rotulador en el antebrazo. La realidad es que
no sé cuanto queda y si aun dispongo de tiempo suficiente. Lo
que sí tengo claro es que hace ya rato que los primeros han
cruzado la meta y tengo la corazonada de que Juanma ha entrado
con ellos metiendo los codos.

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Superados
los 3.500 metros levanto la vista pero lo empinado del camino me
impide ver lo que nos queda, pregunto a mis compañeros de fuga
pero no hablan inglés y yo tampoco japonés, claro. Unos metros
adelante un excursionista americano avanza a mi lado dándome
ánimo y ofreciéndome una botella de agua, todo un tesoro en
ese momento… “¡Ten minutes to the top, ten minutes!”… (“¡Diez
minutos a la cima, diez minutos!”). No me lo puedo creer, creo
que me emocioné y el americano también porque casi se cae
monte abajo al devolverle la botella. “¡Thank you, I love you!”,
le dije. Mi grupito de japoneses me señalan el reloj y levantan
el puño con expresión de victoria. ¿Significaba que
entrábamos en tiempo?…
Continúa
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