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Tras una
breve escala en Amsterdam aterrizábamos con KLM en Tokio, el
enorme y complicado Tokio. El primer vistazo al condensado plano
de metro y de tren de la ciudad, con sus cientos de estaciones y
de líneas, nos hizo comprender que el prodigio japonés
imponía sus leyes y que había que espabilarse si no queríamos
sucumbir, de entrada, frente a la máquina expendedora de
billetes…
Finalmente
llegamos a Fujiyoshida, la acogedora ciudad que descansa bajo la
sombra del gran volcán. Toda actividad en torno al Fuji Yama,
ya sea su ascensión o el recorrido de sus cinco lagos
periféricos, alojados en características calderas volcánicas,
arranca de la turística Fjujiyoshida. Fue en ese momento, al
poner píe a tierra en la estación de tren, cuando la silueta
del descomunal cono volcánico, levantado erupción tras
erupción, nos dejó con la boca abierta…
La suerte
quiso que el ryokan, alojamiento típicamente japonés, que
teníamos reservado, se encontrara en un tranquilo bosque a las
afueras de la ciudad y que la familia que lo regentaba fuesen
los mejores anfitriones que podíamos haber imaginado. Gracias a
sus atenciones nuestra estancia en la ciudad tuvo momentos
inolvidables.
Siete horas
de diferencia horaria y otras 13 a 10.000 metros del suelo, eso
sí de la mejor forma gracias a la deferencia de KLM al
acomodarnos en clase business, precisaban de descanso. Y que
mejor descanso que un típico baño japonés a base de piscina
caliente y chorros de agua a diferente temperatura, para
después, palillos en mano, degustar la magnífica cocina de
nuestros anfitriones... Afortunadamente estábamos conociendo el
Japón más tradicional, lejos de su virtual tecnología
globalizadora.
Desde
cualquier esquina de Fujiyoshida el volcán es visible y su
desmedido perfil impone. Resulta evidente que sus erupciones a
lo largo de la historia, han tenido que ser de una magnitud
tremenda para alcanzar esa altura. Las crónicas dicen que la
última erupción fue en 1707 y que le precedió un gran
terremoto, si bien hay que recordar que los sismógrafos no ha
parado de agitarse en estos casi 300 años. Por esa razón y por
si el Fuji Yama decidiera volver a entrar en erupción, los
organismos civiles tienen diseñadas rutas de evacuación en
previsión de las alertas que pudiesen dar los volcanólogos que
chequean el pulso del volcán.

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Poco parecen preocupar estas
arritmias telúricas a los pobladores de su contorno y a los
miles de peregrinos y excursionistas que, paso a paso, enfilan
las veredas que serpentean por encima de las nubes, en busca del
sol naciente japonés. Tampoco parecían preocupar las
posibles convulsiones del volcán a los 3.000 participantes de
la 55 edición de la Fuji Mountain Race, que apiñados en la
línea de salida, en pleno centro de la ciudad de Fujiyoshida,
estabamos mucho más inquietos por las largas horas de esfuerzo
y duro ascenso que teníamos por delante.
Continúa
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