La capital
escocesa es una pieza de museo de considerable valor artístico
y cultural. La arquitectura urbana, de la zona vieja de la
ciudad, recrea a la perfección las edificaciones medievales que
allí existieron. El tesoro que encierran las grises
construcciones edimburguesas comienza a forjarse en la Edad
Media, durante el reinado de Jacobo VI, hijo y sucesor de María
Estuardo. El fue el gran impulsor de la música, la literatura y
las artes.
Pasados los
años, es una consolidada capital cultural, sede de importantes
manifestaciones artísticas de todo tipo: cine, baile, teatro,
música, etc. El decorado elegido para todas estas muestras no
podía ser más adecuado a la ocasión.
Verano tras
verano, Edimburgo se muestra tal cual es a los miles de
visitantes del famoso festival. El gris comedido de su fachadas
combina a la perfección con el rabioso verde de sus montañas.
Arte y naturaleza forman parte de la cotidianeidad del ciudadano
de Edimburgo. Ambos están en las calles, en los parques, en los
museos, etc.
La ciudad se
expresa de día mediante la música, las escenificaciones de su
historia y de sus fantasmas. La misma ciudad, al atardecer, se
muestra señorial, invita a la serenidad del paseo por sus
calles próximas al puerto de Leith.
Los
edificios vanguardistas tienen un espacio en la capital de
Escocia. La ubicación privilegiada de los palacios reales
hermana pasado y futuro. La fortaleza del Castillo de Edimburgo
y el museo interactivo Dynamic Earth constituyen el principio y
el fin de la Milla Real, la calle de las historias de la
historia.
Edimburgo
embellece los extremos. Las disparidades se equilibran en una
ciudad de menos de 500.000 habitantes. La capital europea crece
a lo ancho, no a lo alto y lo hace en el respeto a la tradición
y al progreso.