La historia se repite una vez
más. El norte y el sur se enfrentan, aunque en esta ocasión el
norte no es el fuerte y el poderoso. Inglaterra es la sólida
potencia que pretende abrirse camino al norte. Tras siglos de
sangrientas luchas, los ingleses culminan sus propósitos. Sin
embargo, el presente testimonia las diferencias entre ambos
pueblos.
La singularidad de Escocia se
remonta cientos de años atrás. El ganado pastaba las praderas,
donde se asentaban los numerosos clanes que poblaban el país.
Los clanes constituían el pueblo llano, ataviado con sus kilts
de diferentes colores según el grupo familiar. El jefe
dirigía, protegía e impartía justicia al clan o gran familia.
Fuertes lazos de parentesco e intereses comunes unían a sus
miembros bajo un mismo blasón o emblema distintivo. Las
praderas y el ganado rodeaban también los castillos de los
nobles, aunque nobles y clanes no siempre han hecho causa común
contra Inglaterra. En esta desunión tiene sus comienzos la
tragedia. La lucha resultó desproporcionada. Escocia se
enfrentaba a un numeroso y organizado ejercito inglés. A pesar
de ello, el salvaje paisaje facilitó victorias al lado
escocés.

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Unión e independencia alternan
el pasado de Escocia. Esta alternancia y la fuerza y el arraigo
de sus costumbres ha propiciado que estas sigan vivas. Los
orígenes celtas se escuchan en su folklore. El whisky (agua de
la vida en gaélico) constituye una de las más fuertes
industrias del país. La turba (carbón de origen vegetal)
resulta elemento fundamental en el proceso de elaboración del
famoso licor. Novios, políticos y diplomáticos visten tartanes
en todo tipo de celebraciones. Sin embargo la lengua gaélica ha
corrido peor suerte. Ahora, lucha por conservar el espacio que
le corresponde...