|
|
Ecuador
El
País sin sombra
Texto: Miguel Caselles. Fotos:
Victoria Sánchez
|

 |
La “otra”
gran región natural de que goza Ecuador, su amazonía, a la que
denominan “El oriente”, es todo un almacén de fauna y flora
que bulle por cada metro cuadrado como parte del ecosistema
natural más rico del planeta. Es difícil imaginar como
hace casi cinco siglos, Francisco de Orellana logró aventurarse
por las arterias de este inmenso corazón salvaje, como son el
río Coca, el Napo y el Amazonas hasta alcanzar el Océano
Atlántico, consiguiendo así atravesar todo el continente en su
infructuosa búsqueda de "Eldorado".
Actualmente podemos
rememorar parecidas secuencias de ese aventajado viaje,
adentrándonos a través de las intrigantes avenidas fluviales
que surcan este mar de clorofila. Una atrayente elección es
llegar hasta Lago Agrio (Nueva Loja), localidad levantada en los
años 70 a raíz de la desmedida explotación petrolera, y que
tanto deterioró esta provocando a las comunidades indígenas y
a la propia amazonía. Desde esta ciudad se alcanza Chiritza,
para internarnos río Aguarico abajo, por medio de pequeñas
embarcaciones, hasta contactar con el Flotel Orellana. Una
pequeña y acogedora ciudad flotante, en la que si dejamos volar
la imaginación veremos al mismísimo Tom Sayer correr por
cubierta. Desde este campamento flotante se realizan diferentes
incursiones hacia la espesa selva en canoas a motor o a remo,
como la que lleva tras una cómoda caminata hasta las Lagunas de
lripari, en las que el resoplar de grandes delfines de río
invitan a zambullirse a su lado, eso sí, sin perder de vista a
los caimanes, y sin olvidarnos de las pirañas… Se pude seguir
expedición fluvial, pasando por la línea divisoria con Perú y
continuar por el río Lagarto Cocha hasta llegar a las chozas
del remoto campamento de Imuya, en un trayecto en el que sus
moradores y la posible presencia del jaguar tampoco dejan
descanso a los sentidos. En sus lagunas, camuflados por la noche
y linterna en mano se pueden observar desde la canoa caimanes de
más de cuatro metros, incluso ver como las pirañas dan fe de
algún trozo de carne lanzado al agua.

 |
En fin, todo un periplo
selvático de 240 kilómetros en el que el murmullo del viento,
de los monos y de las aves se mezclan con la vistosidad de
infinidad de flores y estampadas mariposas. Particularmente
gratificantes son las doradas puestas de sol y los cromáticos
arco iris que se forman tras los siempre imprevisibles
chaparrones. Pero no olvidemos que este paraíso natural es el
hogar de numerosas comunidades indígenas, y que visitar alguno
de sus poblados nos ayudará a comprender su afanada forma de
vida y resistencia activa, en un entorno cada vez más hostigado
por las petroleras y la industria maderera.
Continúa
|
|