Una vez en Riobamba
no podemos dejar pasar la oportunidad de tomar uno de los
vagones del tren más atrevido del mundo. Una obra de
ingeniería catalogada como imposible y que a principios de
siglo consiguió juntar la altiplanicie andina con la costa del
Pacifico. Es un frenético descenso que unió Quito con
Duran-Guayaquil, en el que los raíles tenían que salvabar
3.600 metros de desnivel. Entre las estaciones de Alausí y
Chanchán la pendiente llega a ser tan crítica, que el convoy
necesita de varios zig-zag deslizándose marcha atrás y marcha
adelante sobre el vacío, hasta llegar a zonas más
horizontales. Es toda una aventura ser pasajero de esta reliquia
rodante, especialmente cuando el cupo de asientos esta cubierto
y hay que "acomodarse" en el techo de los vagones.
Lugar mucho más interesante para no perderse ni un solo “susto”
de este increíble trayecto. Hoy, debido a las catástrofes del
fenómeno del “niño” tan sólo esta operativo el trayecto
Riobamba - Alausí - Nariz del Diablo y vuelta, el más
espectacular.

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Una buena opción para seguir rumbo
sur, es apearse en la última estación y ya por carretera
alcanzar la elegante ciudad de Cuenca. Sus calles empedradas, de
las que asoman joyas arquitectónicas en forma de edificios
religiosos y civiles, son todo un atajo hacia la memoria
histórica. No podremos dejar la ciudad sin antes haber
conseguido, tras el inevitable regateo, un auténtico y elegante
sombrero de “Panamá”, tejido laboriosamente por manos
artesanas con fina paja toquilla. Conseguiremos ese toque de
elegancia que seguramente ya comience a escasear tras estos
días por las alturas. Próximas a Cuenca, también conviene
visitar las ruinas de Ingapirca, antiguo emplazamiento Inca,
cuyas estructuras se construyeron con la misma técnica que las
de Machu-Pichu, mediante piedras pulidas unidas entre sí sin
argamasa.
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