A lomos de alguno de
los correosos autobuses que recorren cada recoveco del país y
sin abandonar el norte, tropezamos con una orgía de colores,
olores y sabores en el encantador mercado de Otavalo. En este
gran bazar, todos los sábados son una fiesta para el comercio,
las relaciones y el trueque. Desde tiempos preincaicos se
mercadea con alimentos, animales y especialmente con las
artesanías que los otavaleños trabajan tan hábilmente. Sus
largas trenzas morenas, sus collares y la colorida elegancia de
su vestuario, intentan mantener todavía inmune su identidad
indígena frente a las nuevas tendencias exteriores.
Cerca de Otavalo, se
puede realizar una gratificante caminata a pie o en bici por las
tres lagunas de Mojanda, desde cuyas lomas las vistas sobre los
volcanes que emergen del páramo son excelentes. Otra buena
caminata es bordear el lago de San Pedro a las faldas del
volcán Imbabura. Y también no menos interesante es la Laguna
de Quicocha, que descansa dentro de un extinto cráter en
el que se diseminan varias islas bajo la atenta mirada del
volcán Cotacachi. Recordemos que en estos primeros días,
cualquier actividad física en altura estará mejorando
progresivamente nuestra necesaria aclimatación.

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Siguiendo camino
norteño llegaremos a las empedradas calles y blancos edificios
de la ciudad de Ibarra, próxima a su vecina Colombia y a la
que, si estamos interesados, podemos acceder a través de
fronteriza Tulcan. Hasta no hace mucho tiempo, desde la
estación de Ibarra partía un intrépido tren que desde el
páramo andino se descolgaba hasta la misma costa norte. Se
trataba de un autobús al que se le habían adaptado ruedas para
rodar por raíles, el Autoferro, que se encargaba de hacer este
osado viaje hasta San Lorenzo, en ocasiones, ayudado
necesariamente por sus pasajeros que tenían que empujar cuando
la cuesta se agarraba. Aquí, en San Lorenzo, los caminos se
terminan y hay que recurrir a alguna embarcación que enlace con
La Tola, en cuyas ensenadas se cobijan espectaculares manglares
y ya, por vía terrestre, atravesando pequeños pueblos
pescadores de trato afable, alcanzaremos las extensas playas de
Esmeraldas y Atacames. Cuentan las viejas crónicas, que en
estas playas encalló un barco cargado de esclavos y que
consiguieron organizar en esta tierra su nueva vida en libertad.
El color negro de su piel, el ritmo ritual, su cocina y las
playas de cocoteros, nos trasladarán en un abrir y cerrar de
ojos al África más intensa.
Si continuásemos
bordeando toda la costa de Ecuador, atravesaríamos una gran
llanura Tropical, a veces desértica, de interminables playas
hasta llegar a la ajetreada Guayaquil (primer puerto y artería
económica del país) y a la frontera peruana. A medio camino,
desde Puerto López, tenemos la oportunidad de cruzar hasta la
cercana Isla de la Plata, en un trayecto en el que será fácil
avistar a las descomunales ballenas jorobadas, gran variedad de
aves y leones marinos.
Continúa