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Generalmente
la puerta de entrada a Ecuador se abre por su capital Quito.
Este compendio urbanístico ha ido creciendo adaptándose sobre
la profundidad de un alargado valle al que rodean los definidos
perfiles de varios volcanes. Parece que fueran los fieles
guardianes que velan por mantener la difícil armonía entre su
metrópoli antigua y la moderna. El mayor interés de Quito
radica en la ciudad vieja, donde el reloj de la historia parece
haberse detenido. Un paseo por sus entramadas calles entre
paisanos, puestos ambulantes y la presencia constante de
extraordinarias construcciones coloniales, nos trasladará
irremediablemente a la trastienda de unos siglos cargados de
memoria. Siglos XVI y XVII, en los que fastuosas iglesias y
monasterios como los de San Francisco, La Compañía o La
Merced, fueron levantados por manos de artesanos indígenas y
arquitectos españoles de la época.

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Estas peculiaridades
determinaron que la UNESCO declarase a Quito Patrimonio Cultural
de la Humanidad para disfrute de visitantes. Para tomar buena
cuenta de ello, una interesante atalaya de observación sobre
toda la ciudad y su ajetreo humano es el Monte Panecillo,
accesible por carretera. Pero si queremos utilizar las piernas,
la fácil ascensión, aunque fatigosa, del volcán Pichincha
obsequia desde sus 4.794 metros con soberbias panorámicas,
además comenzaremos así a conseguir una buena aclimatación
para futuros compromisos.
Si bien, como sabréis, un violento y
reciente proceso eruptivo aconseja ver al “niño” Pichincha
desde la ventana del hotel. Por otro lado, y volviendo a pie de
calle, sería inexcusable abandonar Quito sin antes visitar el
museo de Oswaldo Guayasamín, el pintor que mejor ha reflejado
el sufrimiento indígena, y del hombre oprimido por extensión.
Si nuestra
ruta arranca hacia el Norte, inevitablemente cruzaremos la
línea equinoccial que separa los dos hemisferios, en la que al
medio día la vertical del sol roba todas las sombras, saturando
de luz cada recodo del país.
Un monumento junto a otras
recreaciones y una marcada raya roja pintada en el suelo,
obligan a la típica foto de “latitud cero grados” con un
pie en cada hemisferio. Desde lo alto del monumento de esta “Mitad
del Mundo" y siguiendo esta línea hacia el Este, la vista
atrapa entre fumarolas la estampa altanera y tremendamente
blanca del volcán Cayambe, de 5.790 metros. Único en el
planeta que comparte su cima con ambos hemisferios, y quizá
más apropiado para esa foto a horcajadas, aunque sin línea
roja pintada por supuesto… Esta cumbre de los Andes es una de
las muchas con las que nos iremos topando a lo largo de esta
geografía, pues tapizan todo el país de Norte a Sur, como
parte de la dentada espina dorsal que separa la Costa del
Pacífico de la jungla amazónica.
Continúa
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