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Una lengua
de 150 kilómetros colmada de arenas morenas, de acantilados, de
hileras de cocoteros y de manglares, lame las orillas del
Océano Pacífico formando el litoral colimense. Su principal
puerto, Manzanillo, es el atracadero de cargueros de altura que
llegan y salen sin descanso de sus muelles. A pesar de disponer
de una moderna infraestructura portuaria, el ambiente costero de
Manzanillo es tan agradable que a los que llegan en busca de
descanso pronto les sobran reloj y calendario. Una relajada y
contagiosa calma que no solo disfruta el visitante, sino
también las ballenas jorobadas y manadas de delfines que
durante enero y febrero llegan hasta sus aguas. Salir a su
avistamiento o a recorrer en lancha sus secretos rincones mar
adentro o bajo sus aguas, descubriendo fondos bien nítidos, es
toda una experiencia. Un paseo por su casco histórico; o el
primer atardecer viendo como el sol de oro es tragado por la
líquida plata de sus bahías; o una tertulia a la luz de la
luna en sus animados garitos nocturnos, nos invitarán a
disfrutar de un lugar idílico conociendo la otra cara del
Estado, su costa.

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Y que mejor
forma de conocer nuevos lugares que comenzando por los pucheros
de su cocina, que por aquí necesariamente tienen sabor a mar.
Desde la Playa de La Culebra, esquinada con el Estado de
Jalisco, hasta Boca de Apiza, del lado de Michoacán, haciendo
sabrosas escalas en las tres bahías de Manzanillo, en Cuyutlán,
El Paraiso, Pascuales, El Real o Tecuanillo, podremos degustar
en cualquier barraca playera originales sabores en humeantes
platos servidos al estilo marinero. Todo un festival para las
papilas gustativas al ser sorprendidas con un guachinango a la
parrilla sazonado con especias; o con un ceviche local aliñado
con carne molida de pez vela; o con un langostino al mojo; o con
unos ostiones en su concha, por ejemplo. Ayudados, eso si, por
una “cerveza michelada” bien, bien fría, cuya refrescante
receta seguro no olvidaremos: Se sirve en vaso largo escarchado
de sal en la boca, con dos o tres piedras de hielo, una pizca de
sal, zumo de limón y finalmente se vierte la cerveza.

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A lo largo
de este litoral en cualquier pueblecito o playa surge la
sorpresa, es el caso del municipio de Cuyutlán, conocido por su
peculiar cambio de marea que, de abril a junio, da lugar a la
característica “Ola verde”, que son olas de hasta ocho
metros de altura perseguidas por surfistas de todo el mundo. En
esta misma zona es interesante visitar sus pozos de sal, en los
que afanados paisanos la “cultivan” de igual forma que hace
siglos. El proceso se inicia arañando el lodo de una laguna
seca que será depositado en una terraza y regado luego con agua
salada de las lagunas, el agua filtrada resultante del escurrido
será estancada en eras rectangulares y finalmente se esperará
a que el sol fuerce la evaporación hasta que, como poso final,
quede la preciada sal. Además de ver como los paisanos acomodan
sus campos de sal, es aconsejable pasarse por el Museo de la
Sal, donde comprenderemos facilmente por qué “El sol da la
sal”, como explica su cuidador.
Para los
amantes de vida salvaje en su hábitat natural, el estuario “Estero
Palo Verde” es de obligada visita. Aquí se levanta el Centro
Tortugario de Cuyutlán, cuyo objetivo, además del didáctico y
de concienciación, es proteger reptiles en peligro de
extinción, para lo cual son acotadas las zonas donde las
tortugas llegan a desovar, posee incubadoras y cada temporada
son liberas cientos de ellas. También mantiene en cautividad a
iguanas, cocodrilos y tortugas hasta su completa recuperación.
El entorno del estero es una magnífica enciclopedia que,
página a página, muestra un ecosistema de fauna y flora
sorprendente. A bordo de una canoa a motor atravesaremos
túneles abiertos en el cerrado bosque de manglares donde
infinidad de pelícanos, águilas pescadoras, garzas, patos y
mil aves más, vuelan, pescan y sestean al amparo de esta
laberíntica jungla acuática.

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Agotados
todos y cada uno de los días que hemos disfrutado a pulso de
este fugaz viaje por el pequeño universo que es el Estado de
Colima, qué difícil tarea puede llegar a ser relatar a los
amigos que fue lo que vimos. De cómo hemos pasado de la
inquietante montaña a un apacible mar, por medio de una
orografía agreste y tortuosa en la que se asientan los pueblos
que han dado personalidad a esta tierra. Destinos bien dispares
que invitan a la contemplación y a la reflexión apasionada,
pero también a caminar, a bucear, a surfear, a volar, a
explorar grutas... a ser parte de estos espacios mágicos.
Llegado el
momento de despedirnos de esta acogedora tierra y de sus gentes,
siempre dispuestas para con el visitante, el brindis con un
típico ponche de frutas, acompañado de un dulce de alfajor o
una cocada se hace necesario. El efecto del certero mezcal,
evitará el trago amargo a quien sabe que en Colima dejó tanto
para el recuerdo que, “¡el volver!”, es y será motivo de
penúltimo brindis a la salud de los amigos que siempre
esperarán nuestro regreso.
Continúa
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