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Sumario

Introducción
Un pequeño universo llamado Colima
Ciudad de Colima, abierta de par en par
De pueblos, fiestas y botaneros
A pleno pulmón respira el volcán
Playas de vida y de luz
Guía Práctica
 

 

Otros Reportajes

Colima
Donde fuego y mar se hacen cómplices
Por Miguel Caselles. Fotos de Victoria Sánchez
 Playas de vida y de luz
 
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© Victoria Sánchez

Una lengua de 150 kilómetros colmada de arenas morenas, de acantilados, de hileras de cocoteros y de manglares, lame las orillas del Océano Pacífico formando el litoral colimense. Su principal puerto, Manzanillo, es el atracadero de cargueros de altura que llegan y salen sin descanso de sus muelles. A pesar de disponer de una moderna infraestructura portuaria, el ambiente costero de Manzanillo es tan agradable que a los que llegan en busca de descanso pronto les sobran reloj y calendario. Una relajada y contagiosa calma que no solo disfruta el visitante, sino también las ballenas jorobadas y manadas de delfines que durante enero y febrero llegan hasta sus aguas. Salir a su avistamiento o a recorrer en lancha sus secretos rincones mar adentro o bajo sus aguas, descubriendo fondos bien nítidos, es toda una experiencia. Un paseo por su casco histórico; o el primer atardecer viendo como el sol de oro es tragado por la líquida plata de sus bahías; o una tertulia a la luz de la luna en sus animados garitos nocturnos, nos invitarán a disfrutar de un lugar idílico conociendo la otra cara del Estado, su costa.

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Y que mejor forma de conocer nuevos lugares que comenzando por los pucheros de su cocina, que por aquí necesariamente tienen sabor a mar. Desde la Playa de La Culebra, esquinada con el Estado de Jalisco, hasta Boca de Apiza, del lado de Michoacán, haciendo sabrosas escalas en las tres bahías de Manzanillo, en Cuyutlán, El Paraiso, Pascuales, El Real o Tecuanillo, podremos degustar en cualquier barraca playera originales sabores en humeantes platos servidos al estilo marinero. Todo un festival para las papilas gustativas al ser sorprendidas con un guachinango a la parrilla sazonado con especias; o con un ceviche local aliñado con carne molida de pez vela; o con un langostino al mojo; o con unos ostiones en su concha, por ejemplo. Ayudados, eso si, por una “cerveza michelada” bien, bien fría, cuya refrescante receta seguro no olvidaremos: Se sirve en vaso largo escarchado de sal en la boca, con dos o tres piedras de hielo, una pizca de sal, zumo de limón y finalmente se vierte la cerveza.

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A lo largo de este litoral en cualquier pueblecito o playa surge la sorpresa, es el caso del municipio de Cuyutlán, conocido por su peculiar cambio de marea que, de abril a junio, da lugar a la característica “Ola verde”, que son olas de hasta ocho metros de altura perseguidas por surfistas de todo el mundo. En esta misma zona es interesante visitar sus pozos de sal, en los que afanados paisanos la “cultivan” de igual forma que hace siglos. El proceso se inicia arañando el lodo de una laguna seca que será depositado en una terraza y regado luego con agua salada de las lagunas, el agua filtrada resultante del escurrido será estancada en eras rectangulares y finalmente se esperará a que el sol fuerce la evaporación hasta que, como poso final, quede la preciada sal. Además de ver como los paisanos acomodan sus campos de sal, es aconsejable pasarse por el Museo de la Sal, donde comprenderemos facilmente por qué “El sol da la sal”, como explica su cuidador.

Para los amantes de vida salvaje en su hábitat natural, el estuario “Estero Palo Verde” es de obligada visita. Aquí se levanta el Centro Tortugario de Cuyutlán, cuyo objetivo, además del didáctico y de concienciación, es proteger reptiles en peligro de extinción, para lo cual son acotadas las zonas donde las tortugas llegan a desovar, posee incubadoras y cada temporada son liberas cientos de ellas. También mantiene en cautividad a iguanas, cocodrilos y tortugas hasta su completa recuperación. El entorno del estero es una magnífica enciclopedia que, página a página, muestra un ecosistema de fauna y flora sorprendente. A bordo de una canoa a motor atravesaremos túneles abiertos en el cerrado bosque de manglares donde infinidad de pelícanos, águilas pescadoras, garzas, patos y mil aves más, vuelan, pescan y sestean al amparo de esta laberíntica jungla acuática.

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Agotados todos y cada uno de los días que hemos disfrutado a pulso de este fugaz viaje por el pequeño universo que es el Estado de Colima, qué difícil tarea puede llegar a ser relatar a los amigos que fue lo que vimos. De cómo hemos pasado de la inquietante montaña a un apacible mar, por medio de una orografía agreste y tortuosa en la que se asientan los pueblos que han dado personalidad a esta tierra. Destinos bien dispares que invitan a la contemplación y a la reflexión apasionada, pero también a caminar, a bucear, a surfear, a volar, a explorar grutas... a ser parte de estos espacios mágicos.

Llegado el momento de despedirnos de esta acogedora tierra y de sus gentes, siempre dispuestas para con el visitante, el brindis con un típico ponche de frutas, acompañado de un dulce de alfajor o una cocada se hace necesario. El efecto del certero mezcal, evitará el trago amargo a quien sabe que en Colima dejó tanto para el recuerdo que, “¡el volver!”, es y será motivo de penúltimo brindis a la salud de los amigos que siempre esperarán nuestro regreso.

Continúa


 

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