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Sumario

Introducción
Un pequeño universo llamado Colima
Ciudad de Colima, abierta de par en par
De pueblos, fiestas y botaneros
A pleno pulmón respira el volcán
Playas de vida y de luz
Guía Práctica
 

 

Otros Reportajes

Colima
Donde fuego y mar se hacen cómplices
Por Miguel Caselles. Fotos de Victoria Sánchez
 A pleno pulmón respira el volcán
 
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© Victoria Sánchez

Desde nuestra llegada a Colima, no hay momento que la vista no haya tropezado con la desproporcionada estampa geométrica del humeante Volcán de Fuego. Rompiendo el horizonte un perfecto triángulo de vértice quebrado, que roza los 3.860 metros, consigue robar la atención de los ya acostumbrados paisanos, vigilantes de su fumarola, y de los últimos en llegar con exclamaciones de asombro. Si para todos es irrefrenable virar la mirada para satisfacer la intriga que despierta tal magnitud de materia en continuo desahogo, para los apasionados de las montañas la posibilidad de caminar hasta su encuentro es todo un desafío. Ascender hasta donde la erupción permita o alcanzar los 4.330 metros de su vecino Volcán Nevado, es la oportunidad de ser testigo en butaca preferente de una de las mayores convulsiones de la naturaleza sobre la corteza terrestre.

El actual proceso eruptivo del Volcán Colima aconseja iniciar la aproximación bien de mañana, antes de que despunten las primeras luces, y asistir a un bíblico amanecer cuando los haces de sol rompen las tinieblas de la fría noche colimense. O al crepúsculo, cuando el sol se entierra a su espalda, dando paso a un espectáculo de luz y de sonido surgido de su interior. Y es que, cuando llegan las horas de luna, el contraluz de la silueta del volcán se convierte en un chorreadero de ríos de lava incandescente que descienden montaña abajo teñiéndola del rojo de la fragua de vulcano. Son coladas incandescentes generadas por arrítmicas explosiones, que estremecen al espectador, y provocan el rugir de continuos desprendimientos.

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Para llegar hasta los certeros miradores que impregnen nuestras retinas de admiración, de camino nos internaremos por quebradas, forradas de vegetación, y por antiguas lenguas de lava atravesadas por la carretera que llega hasta la aldea de La Yerbabuena, la población más cercana al volcán, que en ocasiones ha tenido que ser evacuada ante la inminencia de una gran erupción o por corrimientos de escoria volcánica tras las lluvias. Muy de mañana, al pasar por los ranchitos de San Antonio y La Hierbabuena, será fácil ver a los paisanos inaugurar la jornada atareados en el ordeño del ganado, mientras echan la primera tertulia del día al abrigo de una “paloma”. Este mañanero tentempié es improvisado con una porción de alcohol de caña, chocolate rallado, piloncillo y espumosa leche directamente ordeñada de la ubre al propio vaso, al que seguramente seremos invitados si el azar de los encuentros nos lleva a compartir amena conversación con los vaqueros.

Una vez dejados atrás los últimos corrales de ganado, por caminos de tierra, se alcanzan espléndidas praderías arboladas salpicadas de grandes rocas que fueron expulsadas por el volcán. Desde alguna de estas lomas alfombradas de colorida vegetación se capturan las mejores imágenes que la actividad del volcán ofrece para el recuerdo y la fotografía, especialmente si nuestra visita es en invierno cuando las cumbres se ven recién nevadas. Frente a nuestra atónita mirada, moles rocosas de gran tamaño expulsadas por el cráter descienden montaña abajo a ciento y pico kilómetros por hora, provocando desprendimientos y largas polvaredas. Son toneladas y toneladas de escombro volcánico en continuo movimiento y acomodo con el rugir, de fondo, de deslaves y explosiones que generan espectaculares columnas de humo y nuevos vertidos. En pocos lugares del mundo es posible asistir a una clase magistral de volcanismo como la que se nos ofrece ante el volcán que tenemos enfrente.

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Tras este primer acercamiento hasta donde las razonables medidas de seguridad permiten, se nos presenta la oportunidad de tener otra perspectiva aun más sorprendente del volcán, casi a vista de pájaro, por la vertiente del Estado de Jalisco. Pero para ello vamos a necesitar de una fácil caminata, e incluso trepadita, hasta alcanzar la cumbre del mejor mirador sobre el Volcán de Fuego que existe, la mismísima cumbre de su vecino Volcán Nevado. Eso si, siempre que el semáforo de alerta del volcán lo permita, pues la Unidad Estatal de Protección Civil de Jalisco tiene monitorizado el comportamiento del proceso eruptivo y, mediante curiosos semáforos en las calles, comunica a la población el estado del volcán que va desde el rojo (alarma) al verde (normal) pasando por el naranja (alerta).

Una vez comprobado el semáforo, desde Ciudad Guzmán y tras un largo ascenso por una retorcida pista de tierra, se llega en vehículo hasta la zona conocida como “las antenas”, donde una estación vigila permanentemente la actividad del volcán. Desde aquí, a unos 3.800 metros de altitud, atravesando negros campos de lava, que tan solo dejan crecer extrañas plantas adaptadas a la altura y al intenso frío, se enfila por un aéreo corredor de grandes bloques que obliga a progresar utilizando las manos hasta llegar a una de las cimas, la más alta, del apagado Volcán Nevado. Aquí arriba, una gélida brisa recibe a los ascensionistas que, tras recuperar el resuello perdido debido a la cuesta y a la altitud, testifican con bocas abiertas su estupor ante lo que ven enfrente. No es para menos, a poco más de cuatro kilómetros y más de cuatrocientos metros por encima tenemos el cráter de uno de los volcanes más peligrosos y activos del mundo.

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© Victoria Sánchez

El fenomenal proceso eruptivo del Volcán de Fuego no da descanso al suspiro: Gigantescas columnas de humo, fumarolas fugándose a presión por los costados, ríos de material incandescente, desprendimientos de rocas del tamaño de autobuses, rugidos, chasquidos, explosiones, reventaderos de fuego lanzando lava desde el deformado cráter cimero… Desconcertantes, sorprendentes e intimidatorias, son las escenas que pueden admirarse desde aquí arriba y que a nadie dejarán indiferente, más aun si no olvidamos unos útiles prismáticos que nos acerquen hasta la mismísima boca de fuego. Amplios horizontes nos regala, además, la cima del Volcán Nevado, 360 grados de rebosante panorámica aérea que abarcan desde los frondosos pliegues, lagunas y pueblos de la Sierra Madre Occidental, hasta el azul del Océano Pacífico.

Continúa


 

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