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Desde
nuestra llegada a Colima, no hay momento que la vista no haya
tropezado con la desproporcionada estampa geométrica del
humeante Volcán de Fuego. Rompiendo el horizonte un perfecto
triángulo de vértice quebrado, que roza los 3.860 metros,
consigue robar la atención de los ya acostumbrados paisanos,
vigilantes de su fumarola, y de los últimos en llegar con
exclamaciones de asombro. Si para todos es irrefrenable virar la
mirada para satisfacer la intriga que despierta tal magnitud de
materia en continuo desahogo, para los apasionados de las
montañas la posibilidad de caminar hasta su encuentro es todo
un desafío. Ascender hasta donde la erupción permita o
alcanzar los 4.330 metros de su vecino Volcán Nevado, es la
oportunidad de ser testigo en butaca preferente de una de las
mayores convulsiones de la naturaleza sobre la corteza
terrestre.
El actual
proceso eruptivo del Volcán Colima aconseja iniciar la
aproximación bien de mañana, antes de que despunten las
primeras luces, y asistir a un bíblico amanecer cuando los
haces de sol rompen las tinieblas de la fría noche colimense. O
al crepúsculo, cuando el sol se entierra a su espalda, dando
paso a un espectáculo de luz y de sonido surgido de su
interior. Y es que, cuando llegan las horas de luna, el
contraluz de la silueta del volcán se convierte en un
chorreadero de ríos de lava incandescente que descienden
montaña abajo teñiéndola del rojo de la fragua de vulcano.
Son coladas incandescentes generadas por arrítmicas
explosiones, que estremecen al espectador, y provocan el rugir
de continuos desprendimientos.

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Para llegar
hasta los certeros miradores que impregnen nuestras retinas de
admiración, de camino nos internaremos por quebradas, forradas
de vegetación, y por antiguas lenguas de lava atravesadas por
la carretera que llega hasta la aldea de La Yerbabuena, la
población más cercana al volcán, que en ocasiones ha tenido
que ser evacuada ante la inminencia de una gran erupción o por
corrimientos de escoria volcánica tras las lluvias. Muy de
mañana, al pasar por los ranchitos de San Antonio y La
Hierbabuena, será fácil ver a los paisanos inaugurar la
jornada atareados en el ordeño del ganado, mientras echan la
primera tertulia del día al abrigo de una “paloma”. Este
mañanero tentempié es improvisado con una porción de alcohol
de caña, chocolate rallado, piloncillo y espumosa leche
directamente ordeñada de la ubre al propio vaso, al que
seguramente seremos invitados si el azar de los encuentros nos
lleva a compartir amena conversación con los vaqueros.
Una vez
dejados atrás los últimos corrales de ganado, por caminos de
tierra, se alcanzan espléndidas praderías arboladas salpicadas
de grandes rocas que fueron expulsadas por el volcán. Desde
alguna de estas lomas alfombradas de colorida vegetación se
capturan las mejores imágenes que la actividad del volcán
ofrece para el recuerdo y la fotografía, especialmente si
nuestra visita es en invierno cuando las cumbres se ven recién
nevadas. Frente a nuestra atónita mirada, moles rocosas de gran
tamaño expulsadas por el cráter descienden montaña abajo a
ciento y pico kilómetros por hora, provocando desprendimientos
y largas polvaredas. Son toneladas y toneladas de escombro
volcánico en continuo movimiento y acomodo con el rugir, de
fondo, de deslaves y explosiones que generan espectaculares
columnas de humo y nuevos vertidos. En pocos lugares del mundo
es posible asistir a una clase magistral de volcanismo como la
que se nos ofrece ante el volcán que tenemos enfrente.

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Tras este
primer acercamiento hasta donde las razonables medidas de
seguridad permiten, se nos presenta la oportunidad de tener otra
perspectiva aun más sorprendente del volcán, casi a vista de
pájaro, por la vertiente del Estado de Jalisco. Pero para ello
vamos a necesitar de una fácil caminata, e incluso trepadita,
hasta alcanzar la cumbre del mejor mirador sobre el Volcán de
Fuego que existe, la mismísima cumbre de su vecino Volcán
Nevado. Eso si, siempre que el semáforo de alerta del volcán
lo permita, pues la Unidad Estatal de Protección Civil de
Jalisco tiene monitorizado el comportamiento del proceso
eruptivo y, mediante curiosos semáforos en las calles, comunica
a la población el estado del volcán que va desde el rojo
(alarma) al verde (normal) pasando por el naranja (alerta).
Una vez
comprobado el semáforo, desde Ciudad Guzmán y tras un largo
ascenso por una retorcida pista de tierra, se llega en vehículo
hasta la zona conocida como “las antenas”, donde una
estación vigila permanentemente la actividad del volcán. Desde
aquí, a unos 3.800 metros de altitud, atravesando negros campos
de lava, que tan solo dejan crecer extrañas plantas adaptadas a
la altura y al intenso frío, se enfila por un aéreo corredor
de grandes bloques que obliga a progresar utilizando las manos
hasta llegar a una de las cimas, la más alta, del apagado
Volcán Nevado. Aquí arriba, una gélida brisa recibe a los
ascensionistas que, tras recuperar el resuello perdido debido a
la cuesta y a la altitud, testifican con bocas abiertas su
estupor ante lo que ven enfrente. No es para menos, a poco más
de cuatro kilómetros y más de cuatrocientos metros por encima
tenemos el cráter de uno de los volcanes más peligrosos y
activos del mundo.

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El fenomenal
proceso eruptivo del Volcán de Fuego no da descanso al suspiro:
Gigantescas columnas de humo, fumarolas fugándose a presión
por los costados, ríos de material incandescente,
desprendimientos de rocas del tamaño de autobuses, rugidos,
chasquidos, explosiones, reventaderos de fuego lanzando lava
desde el deformado cráter cimero… Desconcertantes,
sorprendentes e intimidatorias, son las escenas que pueden
admirarse desde aquí arriba y que a nadie dejarán indiferente,
más aun si no olvidamos unos útiles prismáticos que nos
acerquen hasta la mismísima boca de fuego. Amplios horizontes
nos regala, además, la cima del Volcán Nevado, 360 grados de
rebosante panorámica aérea que abarcan desde los frondosos
pliegues, lagunas y pueblos de la Sierra Madre Occidental, hasta
el azul del Océano Pacífico.
Continúa
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