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Sumario

Introducción
Un pequeño universo llamado Colima
Ciudad de Colima, abierta de par en par
De pueblos, fiestas y botaneros
A pleno pulmón respira el volcán
Playas de vida y de luz
Guía Práctica
 

 

Otros Reportajes

Colima
Donde fuego y mar se hacen cómplices
Por Miguel Caselles. Fotos de Victoria Sánchez
 De pueblos, fiestas y botaneros
 
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© Victoria Sánchez

Después de este empacho histórico, gastronómico y de buen ambiente popular, llega el momento buscar los pueblecitos que el Estado de Colima guarda cobijados en medio de una naturaleza desconcertante, y en los que fiestas y ferias son rasgo de identidad y fervor popular.

Así que iniciemos ronda por la Villa de Álvarez, famosa por sus “cenadurías”, en donde se saborean recetas al más puro estilo de “La Villa”, pero sobre todo por sus tradicionales fiestas “charrotaurinas”. A la llegada de los clérigos españoles, muchas de las celebraciones cristianas se hicieron coincidir con las de los nativos del lugar, dando como resultado celebraciones de sincretismo religioso por todos los pueblos del estado. Es el caso de las fiestas en honor a San Felipe de Jesús, patrón de Colima, que a primeros de febrero comparte creencias y ceremonias, originales e importadas. Animadas cabalgatas y desfiles de jinetes engalanados, junto a “mojigangos”, que son muñecos gigantes hechos de carrizo y de papel, y danzantes disfrazados con petates y máscaras, al compás de música de baile, generan un ambiente cargado de fraternidad y de animado bullicio en los corrillos de las peleas de gallos y los puestos de comida. Pero sin duda los espectáculos de más aceptación son los que se llevan a cabo en la “Petatera”, que es una improvisada plaza de toros fabricada mediante troncos y petates atados con sogas, en la que los espontáneos también tienen su oportunidad. Y es aquí, en pleno ruedo, donde son recibidas las comitivas de charros, mariachis, bandas y mojigangos para divertimento del concurrido público.

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© Victoria Sánchez

Otro pueblito en el que echar la mañana hasta pasado el almuerzo es Comala, conocido como “Pueblo blanco de América” por sus encaladas fachadas ceñidas al rojo de los tejados y al negro del hierro trabajado en herrería. Bajo el azul intenso de uno de los cielos más nítidos de América, Comala, reposa rodeada de montes tapizados de frondosa vegetación bajo la eterna presencia del gran volcán humeante. La plaza, presidida por el frontal de la Iglesia y un cuidado jardín arbolado de coquetas fuentes y fugaces paseos que desembocan en el céntrico quiosco de música, es uno de esos espacios donde tiempo y reloj tienen poco sentido.

Aunque el escenario protagonista en este lugar de encuentro, son los amenos y siempre festivos Portales de Comala, aquí abren sus puertas los populares “botaneros”, restaurantes típicos, donde tomar, para abrir boca, un refrescante ponchecito de tamarindo, de granada, de ciruela o de cacahuete. Para después hincarle el diente a tantos platillos como sea capaz el comensal de meter entre pecho y espalda, porque aquí solo se paga la bebida consumida. Tacos dorados, flautas, burritos, enchiladas, sopitos, tostadas de ceviche, cueritos de cerdo... esperan turno en la bandeja del mesero hasta rematar, con la ayuda de algún eficaz digestivo, una bandeja final de frutas con sal y limón. Eso sí, todo ello aderezado con los guitarrones, violines, trompetas y trombones de tríos y mariachis que amenizan el encuentro gastronómico atendiendo las peticiones y dedicatorias de las mesas.

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Una vez bien despachados y envalentonados tras el penúltimo “balazo”, vasito de tequila y gaseosa golpeado sobre la mesa y agitado por el mesero una vez bebido de un solo trago, podemos desafiar a nuestros compañeros de mesa con unos “toques” para ver quien paga la definitiva. Consiste en sujetar con las manos los pomos conductores de una batería eléctrica, que el paisano que la porta, a cambio de una propina, sube progresivamente de tensión hasta donde se aguante. Una flecha indicará quien soportó mayor descarga y quien no llegó a mover siquiera la flecha.

Aprovechando el necesario paseo que amortigüe digestión y sopor, podemos visitar el museo local, el centro cultural o la cooperativa de artesanos del mueble, de originales diseños y perfecto acabado, hasta que el aroma a horno de tahona nos guíe hasta alguna dulcería en la que comprar unos sabrosos “picones” calentitos. Estos bollos de tierno pan casero son el mejor acompañamiento de un buen café de olla, de la zona, endulzado con unas piedras de “piloncillo”, azúcar sin refinar. Pero huyamos de Comala, o reventaremos sin remedio, camino de Suchitlán por la carretera estatal 16, en la que al cruzar por la “Zona mágica”, el vehículo al ser dejado en punto muerto subirá por una notable pendiente, como atraído por una fuerza desconocida. Esta curiosa escena podríamos achacarla a los últimos “balazos” tomados o por la mágica atracción que ejerce la presencia de los cercanos volcanes… pero su explicación resulta ser menos embriagadora o exotérica, pues se trata de un curioso efecto óptico generado por la diferente coincidencia de planos en el terreno.

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Superado el enigma conspirador contra la ley de la gravedad, llegamos al acogedor pueblecito de Suchitlán que surge despuntando por encima de campos de café y de árboles frutales. Pueblo de artesanos, a la vuelta de cualquier esquina y a píe de calle, junto a la puerta de rústicos talleres familiares, maestros artesanos del gremio del tejido, de los canasteros y de la madera, inspiran bocetos y rematan sus trabajos. La tradición artesanal de los suchitlanenses mantiene latente sus raíces en muchas de estas manufacturas, muy significativo en el caso de las viejas recetas culinarias, en el trabajo de los mieleros y en la confección de máscaras que siguen utilizándose por los danzantes en muchas celebraciones. Este legado artesanal dejado por sus antepasados ha hecho que las máscaras Suchitlán sean distinguido recuerdo para los visitantes de la ciudad. En el taller mascarero de Don Herminio y su hijo Gorgonio siempre encontraremos alguno de esos rostros imposibles en madera pintada y cordial conversación al cerrar trato.

Otro pueblito, El Remate, de bucólico entorno e importante historia para la comarca, se presta a la visita. Su estratégica situación, prácticamente colgado al borde de una cañada de cauce fluvial, hizo que se estableciera aquí la primera planta generadora de electricidad del estado. Durante 60 años las bombillas de la comarca alumbraron gracias a esta obra hidraúlica. En recuerdo de aquellos años de progreso se han acondicionado, a modo de museo, las viejas instalaciones bajo el proyecto “El Remate… donde se hizo la luz”, que muestra un recorrido por varias salas junto a estanques y un paseo ecológico que llega hasta el fondo de la barranca, donde está lo que queda de la maquinaria y que llaman “La fábrica de luz”.

Entre visita y visita algún día de descanso activo será más que agradecido, por tanto, no será difícil dar cuenta de tan merecido asueto en las parrillas de las orillas de las lagunas de Carrizalillo y La María. Alojadas en lo que fueron grandes calderas volcánicas, sus excelentes panorámicas montañosas invitan a ser recorridas en canoa o a caballo por los alrededores. Aunque si lo que necesitamos es relax total, antes de llegar a la arena de las playas, que mejor solución que zambullirnos en alguno de los balnearios de aguas medicinales que parecen brotar de las faldas del humeante Volcán de Fuego. Entre chapoteaderos, cascadas y albercas rodeadas de vegetación, podemos imaginar como será nuestro próximo ascenso por el perfil del enorme volcán que ahora vemos reflejado sobre las aguas.

Continúa


 

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