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Después de este
empacho histórico, gastronómico y de buen ambiente popular,
llega el momento buscar los pueblecitos que el Estado de Colima
guarda cobijados en medio de una naturaleza desconcertante, y en
los que fiestas y ferias son rasgo de identidad y fervor
popular.
Así que
iniciemos ronda por la Villa de Álvarez, famosa por sus “cenadurías”,
en donde se saborean recetas al más puro estilo de “La Villa”,
pero sobre todo por sus tradicionales fiestas “charrotaurinas”.
A la llegada de los clérigos españoles, muchas de las
celebraciones cristianas se hicieron coincidir con las de los
nativos del lugar, dando como resultado celebraciones de
sincretismo religioso por todos los pueblos del estado. Es el
caso de las fiestas en honor a San Felipe de Jesús, patrón de
Colima, que a primeros de febrero comparte creencias y
ceremonias, originales e importadas. Animadas cabalgatas y
desfiles de jinetes engalanados, junto a “mojigangos”, que
son muñecos gigantes hechos de carrizo y de papel, y danzantes
disfrazados con petates y máscaras, al compás de música de
baile, generan un ambiente cargado de fraternidad y de animado
bullicio en los corrillos de las peleas de gallos y los puestos
de comida. Pero sin duda los espectáculos de más aceptación
son los que se llevan a cabo en la “Petatera”, que es una
improvisada plaza de toros fabricada mediante troncos y petates
atados con sogas, en la que los espontáneos también tienen su
oportunidad. Y es aquí, en pleno ruedo, donde son recibidas las
comitivas de charros, mariachis, bandas y mojigangos para
divertimento del concurrido público.

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Otro pueblito en
el que echar la mañana hasta pasado el almuerzo es Comala,
conocido como “Pueblo blanco de América” por sus encaladas
fachadas ceñidas al rojo de los tejados y al negro del hierro
trabajado en herrería. Bajo el azul intenso de uno de los
cielos más nítidos de América, Comala, reposa rodeada de
montes tapizados de frondosa vegetación bajo la eterna
presencia del gran volcán humeante. La plaza, presidida por el
frontal de la Iglesia y un cuidado jardín arbolado de coquetas
fuentes y fugaces paseos que desembocan en el céntrico quiosco
de música, es uno de esos espacios donde tiempo y reloj tienen
poco sentido.
Aunque el
escenario protagonista en este lugar de encuentro, son los
amenos y siempre festivos Portales de Comala, aquí abren sus
puertas los populares “botaneros”, restaurantes típicos,
donde tomar, para abrir boca, un refrescante ponchecito de
tamarindo, de granada, de ciruela o de cacahuete. Para después
hincarle el diente a tantos platillos como sea capaz el comensal
de meter entre pecho y espalda, porque aquí solo se paga la
bebida consumida. Tacos dorados, flautas, burritos, enchiladas,
sopitos, tostadas de ceviche, cueritos de cerdo... esperan turno
en la bandeja del mesero hasta rematar, con la ayuda de algún
eficaz digestivo, una bandeja final de frutas con sal y limón.
Eso sí, todo ello aderezado con los guitarrones, violines,
trompetas y trombones de tríos y mariachis que amenizan el
encuentro gastronómico atendiendo las peticiones y dedicatorias
de las mesas.

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Una vez bien
despachados y envalentonados tras el penúltimo “balazo”,
vasito de tequila y gaseosa golpeado sobre la mesa y agitado por
el mesero una vez bebido de un solo trago, podemos desafiar a
nuestros compañeros de mesa con unos “toques” para ver
quien paga la definitiva. Consiste en sujetar con las manos los
pomos conductores de una batería eléctrica, que el paisano que
la porta, a cambio de una propina, sube progresivamente de
tensión hasta donde se aguante. Una flecha indicará quien
soportó mayor descarga y quien no llegó a mover siquiera la
flecha.
Aprovechando el
necesario paseo que amortigüe digestión y sopor, podemos
visitar el museo local, el centro cultural o la cooperativa de
artesanos del mueble, de originales diseños y perfecto acabado,
hasta que el aroma a horno de tahona nos guíe hasta alguna
dulcería en la que comprar unos sabrosos “picones”
calentitos. Estos bollos de tierno pan casero son el mejor
acompañamiento de un buen café de olla, de la zona, endulzado
con unas piedras de “piloncillo”, azúcar sin refinar. Pero
huyamos de Comala, o reventaremos sin remedio, camino de
Suchitlán por la carretera estatal 16, en la que al cruzar por
la “Zona mágica”, el vehículo al ser dejado en punto
muerto subirá por una notable pendiente, como atraído por una
fuerza desconocida. Esta curiosa escena podríamos achacarla a
los últimos “balazos” tomados o por la mágica atracción
que ejerce la presencia de los cercanos volcanes… pero su
explicación resulta ser menos embriagadora o exotérica, pues
se trata de un curioso efecto óptico generado por la diferente
coincidencia de planos en el terreno.

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Superado el
enigma conspirador contra la ley de la gravedad, llegamos al
acogedor pueblecito de Suchitlán que surge despuntando por
encima de campos de café y de árboles frutales. Pueblo de
artesanos, a la vuelta de cualquier esquina y a píe de calle,
junto a la puerta de rústicos talleres familiares, maestros
artesanos del gremio del tejido, de los canasteros y de la
madera, inspiran bocetos y rematan sus trabajos. La tradición
artesanal de los suchitlanenses mantiene latente sus raíces en
muchas de estas manufacturas, muy significativo en el caso de
las viejas recetas culinarias, en el trabajo de los mieleros y
en la confección de máscaras que siguen utilizándose por los
danzantes en muchas celebraciones. Este legado artesanal dejado
por sus antepasados ha hecho que las máscaras Suchitlán sean
distinguido recuerdo para los visitantes de la ciudad. En el
taller mascarero de Don Herminio y su hijo Gorgonio siempre
encontraremos alguno de esos rostros imposibles en madera
pintada y cordial conversación al cerrar trato.
Otro pueblito, El
Remate, de bucólico entorno e importante historia para la
comarca, se presta a la visita. Su estratégica situación,
prácticamente colgado al borde de una cañada de cauce fluvial,
hizo que se estableciera aquí la primera planta generadora de
electricidad del estado. Durante 60 años las bombillas de la
comarca alumbraron gracias a esta obra hidraúlica. En recuerdo
de aquellos años de progreso se han acondicionado, a modo de
museo, las viejas instalaciones bajo el proyecto “El Remate…
donde se hizo la luz”, que muestra un recorrido por varias
salas junto a estanques y un paseo ecológico que llega hasta el
fondo de la barranca, donde está lo que queda de la maquinaria
y que llaman “La fábrica de luz”.
Entre visita y
visita algún día de descanso activo será más que agradecido,
por tanto, no será difícil dar cuenta de tan merecido asueto
en las parrillas de las orillas de las lagunas de Carrizalillo y
La María. Alojadas en lo que fueron grandes calderas
volcánicas, sus excelentes panorámicas montañosas invitan a
ser recorridas en canoa o a caballo por los alrededores. Aunque
si lo que necesitamos es relax total, antes de llegar a la arena
de las playas, que mejor solución que zambullirnos en alguno de
los balnearios de aguas medicinales que parecen brotar de las
faldas del humeante Volcán de Fuego. Entre chapoteaderos,
cascadas y albercas rodeadas de vegetación, podemos imaginar
como será nuestro próximo ascenso por el perfil del enorme
volcán que ahora vemos reflejado sobre las aguas.
Continúa
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